miércoles, 19 de febrero de 2014

Kings Of Convenience.


Música semi otoñal, personas en la playa después del boliche con zapatillas náuticas y todos los problemas resueltos. Los Reyes de La Conveniencia, de Noruega. "I could never belong to you" Le cantan eso a la que están besando en el manecer playero. Ah, relájate nena.





Contar una buena historia.

Si alguien me pregunta que considero una buena historia, tendría que ponerme a escribir largo acerca de composición, ironía, tensiones, humor, etc. Más vale resolver por la extensionalidad, que tanto criticaban los filósofos. "Usted me está dando un ejemplo de lo que hay que definir, no por eso me está definiendo la cosa, comete usted una petición de principio" Bien podría este pensador imaginario formar parte del capítulo de Los Simpsons, Homero en el Espacio Profundo, todo un ejemplo ¿contemporaneo? -tiene ya veinte años- de como narrar bien en este periodo de la historia humana de occidente. Dejo el link.


http://www.lossimpsonsonline.com.ar/capitulos-online/espanol-latino/temporada-5/capitulo-15

Eagles Of Death Metal -Vivo Hurricane 2012-

Las Águilas siempre me acompañan. Con el máquina Castillo en los tambores, que se fue de QOTSA para relajarse un poco en este otro colectivo de Palm Desert. Como dejar la General Motors e irse a un taller mecánico, pero con lisergia. Algo así como limpiar piezas con kerosene  después de haber sentido la presión de marcar tarjeta a horario en una línea de montaje. La carga sensual de irse y mirar caer la tarde en la parte de atrás del taller, la que da al campo, mientras se mezclan el sonido de los patos con el ruido mínimo y rápido de autos nuevos allá en la ruta.    



viernes, 24 de enero de 2014

Modernidad y rock.

1-Una banda de rock me invitó a presenciar el sábado pasado la grabación de lo que será su primer demo. Consiguieron una casa vieja en una zona de la ciudad donde son mayoría este tipo de construcciones de techos altos, muchas habitaciones y con  patios enormes divididos, por lo general, en una galería techada y otra sección con pasto e incluso una quintita particular abandonada. La sala de grabación se ubica en una de los cuartos de la casa masomenos acondicionado para efectuar el registro sonoro. Frazadas colocadas en estructuras  semejando fantasmas vintages son las encargadas de absorber y amortiguar el sonido. Un escritorio con una computadora y la consola reglamentaria enfrenta la zona que ocupan los músicos. Da la impresión de que tanto como grabar una banda de rock es posible realizar en el lugar una sesión de espiritismo y materializar alguna criatura supraterrenal mientras se la observa corporizar desde las consolas. La escena no difiere mucho de lo que es una grabación. Auriculares y atención puesta al centro de la sala, maquinaria conectada, concentración y el temor a lo desconocido, a la interrupción de lo ordinario: una pifia que corta el flujo, una canción que se graba, un espíritu que se presenta; da igual. Incluso el producto final, la canción o el disco, pueden relacionarse fácilmente con la materialización de algo que antes era invisible. No lejos de ahí, a veinte metros de distancia aproximadamente, se llevaba a cabo un velorio. Ironizamos en varios momentos sobre la posibilidad de resurrección del muerto debido al sonido de la banda y nos reímos con recurrentes imitaciones zombie realizadas por uno de los guitarristas. En algún descanso, hablamos de Todos Tus Muertos debido a dos factores: que el sonido devuelto por la consola tras realizar las tomas traía restos de punk under noventista –sobre todo por el color mordido y violento de las guitarras- y, segundo, la cercanía del velorio a sabiendas que los TTM utilizaban coronas fúnebres en sus recitales. La sesión terminó alrededor de las dos de la mañana. Cansados y con el compromiso de retornar en siete días, los músicos se fueron yendo. Antes descorcharon un vino y brindaron confiando en el éxito de la primera jornada. Hay una  fe que es necesaria en estas circunstancias y que el músico deja ver. Cierta comunión desde el momento en que se carga el primer equipo hasta que se retira el último pie de la sala horas después, connotada en el buen humor de todos. La risa debe contagiar una jornada de estas características intensas, con la modalidad del registro en directo, todos juntos, como si fuera en vivo; de otra forma, la tensión amenazante secuestra la escena y es muy difícil retornar al eje. También se ve esa fe en lo dejado para la siguiente sesión, lo que resta. “Bueno, hacemos hasta acá y continuamos el sábado que viene”. No se detiene mucho la reflexión en los pifies o erratas, no es el momento. Para tal fin está el devenir de la semana y la primera escucha “frescos”. La sucesión dinámica de los días se encarga de eso, de pasar por la saranda toda la fe invisible y todo lo no dicho en la grabación para poder ir con otro marco de realidad a la siguiente sesión y renovar la ilusión. En resumen, hay misticismo, necesario, en estas situaciones de tensión tan observable como en la previa intima de un equipo de futbol. Hay cosas en ese momento de las que no se habla.  

2-Hoy domingo por la mañana busqué en YouTube un disco de Cienfuegos para escuchar, quería comparar sonidos de guitarras, seguir indagando en las texturas eléctricas incentivado por lo vivido la noche anterior. Abajo a la  derecha, en las recomendaciones, la aplicación proponía un disco de Todos Tus Muertos. La belleza y sensualidad de internet consiste en saber interpretar en algoritmos y lenguaje decimal los gustos y –sobre todo- el presente de los diferentes cuerpos humanos. Escuché los discos, el de Cienfuegos y el de TTM. El segundo comenzó con una canción tremenda, que corona la totalidad de la experiencia: "Toda la recamara olía a muerte pero el aire particular del féretro me hacía daño. No me podía mover contemplaba fijamente el cadáver rígido extendido, en el féretro." La letra y la música siniestra me hablaban a mí –solo a mí en ese preciso momento- del evento vivido la noche anterior, pero además se extiende y nos permite entender mucho más. ¿No es el rock ese muerto sobre el que no podemos dejar de posar los ojos, ese filo, el punctum de la foto mayor, la modernidad, que nos daña pero hipnotiza y a al cual no cesamos de resucitar? ¿No es la recamara de TTM la modernidad entera, siempre muriendo, infectada de olor a coronas, a jazmines, a calas de plástico? Los filósofos alemanes entendieron que el tiempo nos atraviesa y por la tanto, la presencia de la muerte es ineludible y constitutiva; no se puede ir contra ella, se la acepta y se vive a partir de ahí en la paradoja de intentar superarla. La modernidad y el rock son de los hombres y por lo tanto están infestadas de muerte hasta el excremento. ¿Qué hacía yo ahí presenciando esa grabación, cerca de ese velorio, hablando de punk viejo, haciendo rock? Es claro: ellos realizaban la sesión de espiritismo, intentaban, hipnotizados, revivir al muerto, materializándolo y sobre todo, repitiendo -y en el mismo repetir  haciendo un acto preciso en esa casa antigua que ya es eterna, con techos altos, fría, siniestra-. El evento es pasible de ser repetido y por eso se torna irrepetible. Yo fui un simple testigo. Alégrese, la comparación no necesita mucho esfuerzo. La casa semeja la modernidad que amaga siempre con morirse y los músicos, como los dioses que crean vida, hoy descansan para volver a colar materia en siete días.


Si te arrancás una cana te salen siete más.


Ojo
con la objetividad
a veces pensás
que la sentencia
corre para todos
y en realidad
puede que
te estés poniendo viejo
vos, solo vos.

El calor y la combustión hacen las cosas borrosas.


Se me pasó un tren
no veo bien cual es
pero
expiró la suerte
que era para mí.

Vi borrosa la figura trasera
de un vagón.
que ya se fue.
Lo peor:
no tuve ganas de correrlo
como siempre, suelo aburrirme rápido.

Y acá, parado,
cagandome de risa,
ni siquiera cerca del andén,
juego en los yuyos
con los perros.


Carta

Me llegó una carta de alguien que cumplió 30 años hace poco y me pidió que la publique por acá, que es como tirarla en un tacho de desechos tóxicos en General Madariaga. Insistí, pero me dijo que no le asustaba la garantía de olvido. Bueno, ahí va.

Hoy es el último día de mi veintena. No me caben los lastimosos ni las poses nostálgicas, las evito. Quién lo practique me parece muchas veces digno de recibir un bullying numeroso. No está mal señalar una sospecha tras ese trabajo por evitar la estética lacrimosa del recuerdo. En todo caso, valoro la actitud de aquellos que, aún en el maremoto cíclico de la modernidad, fuerzan una mirada hacia el futuro, encuentran un refugio en la ironía y celebran lo vivo aún sabiéndolo finito. Lo muerto debe dejarse morir, irse. No hay tiempo de más, canta Manal. Voy a permitirme, sin embargo, una porción del imposible “mirar hacia atrás”. La ocasión  merece el intento inútil, como al que le insisten en una fiesta que haga una proeza que no repite hace tiempo.

Giro la cabeza. Hay un trayecto sinuoso con un origen nublado. Se me confunden los veinte años con el final de la adolescencia; siglo largo, la veintena comienza a los diecinueve. ¿Qué hice? ¿Cómo se adaptó y se comportó mi cuerpo en ese trayecto del tiempo? Como todos: completé, camaleónicamente, el periodo de aprendizaje del hombre. Me enamoré fuertísimo, pero fuertísimo al nivel de entender letras de rock, al nivel de sentir que el mundo conspira y que están hablando de uno. Hice música y tomé decisiones despechadas; después me enojé con la música y conmigo. Así enojado y decepcionado de mí mismo estuve un tiempo largo –bah, todo lo largo puede ser algo que sea un subconjunto de una década. Viví en Buenos Aires, dejé de tocar. Tuve problemas laborales, como todos. Exageré y sentí mucho miedo. Encontré refugio en la disciplina, puse una estructura rígida sobre lo que se avecinaba como un río incontenible. La tradición vino a poner orden. Los símbolos de ese proceso: el futbol amateur y la facultad. Claro, estudié toda la veintena: abandonando, re inscribiéndome. La angustia del estudiante público fue mía también.  Volví a la música, muy de a poco. Cambié de mujeres y trabajos; me desenamoré varias veces, coquetee. Los episodios de ese tipo se convirtieron en fantasmas, algunos más débiles que otros pero todos conformados en una ausencia que acompaña con la fatiga de la cortina empujada por el viento. Murió gente querida, cercana e influyente; nacieron otros que van a ser mejores. Crucé la década kirchnerista con alegría, odio y tristeza. Puse el voto en el 2003 junto a mi viejo; me acuerdo de ese momento, primera Elección, claro. Me salvaron de muchas cosas y sin que lo  sepan, algunos amigos; volver al campo, la familia, por supuesto y el amor de una mujer. A esta altura del texto me estoy convirtiendo en todo lo que odio con fervor, sépanlo. Me agarré a piñas, perdí, gané, me sacaron un diente. Sobreviví a una golpiza enorme en la calle. Hice nuevos amigos y confirmé lazos. Anduve de noche. Tuve sexo en distintos lugares. Vi bandas en vivo que me hicieron feliz. Toqué con algunos importantes nombres; me enamoré –y reitero- otra vez de muchas cosas: mujer, la música,  los libros, escribir. Atentos a esto último; en el final de la veintena retornó con impulso lo que abandoné en el comienzo de ella, leer mucho y escribir. Algo del orden de la posibilidad de narrar una experiencia debe haber ahí, algo que asoma al final de un ciclo, una tranquilidad y un relajamiento de los músculos latentes en frases como “esto ya lo vi” –aunque en rigor, es mentira, nada se vuelve a ver al cien por cien- y las ganas de contarlo. Si, aparente concepción romántica y naif de las cosas: se vive mucho y después se escribe mucho. Pero es en esta segunda instancia, el colado de la fundición, donde se descubre casi sin voluntad otro orden de experiencia. Vivir en el lenguaje, en el logos.  Eso es lo que apareció ante mí en el final de la veintena; la prueba de otro mundo y relaciones de experiencia en el cual mi cuerpo y sus intereses quedó enredado. El adolescente temor a la trascendentalidad dio vuelta su rostro para aparecer como deseo. Si la primera parte de la década fue un fluir melanco/analógico, esta segunda mitad, preludio de lo que viene, fue convirtiéndose al orden de lo irónico/trascendental/digital/escritural. No debe entenderse que hay un abandono del cuerpo y de la experiencia empírica para dirigir la mira a un idealismo antiguo y acartonado. Todo lo contrario, la experiencia corporal se intensifica habiendo aceptado y escuchado el llamado del logos en la autoreflexión de la práctica de la escritura. Yo tampoco lo entiendo mucho. El cuerpo ahora es carne y discurso. Intensificación de la inmanencia al expandirse más allá de la piedra que está mirando. “Veo los caballos pero no la caballeidad” le dijo un griego a otro. Nosotros tampoco la vemos pero la buscamos en las relaciones - terrenales y al mismo tiempo invisibles- que establece el equino. Irónico; transitando a pasos sobre la línea de la nada, creando y estableciendo sentidos invisibles donde el mismo fuego de la veintena dejó un vacío. ¿Qué más? Miles de cosas más, tiré algunos puntos que considero pertinentes. Confirmo los treinta años de vida. Un ejército de fantasmas me acompaña. La distancia entre todos esos espectros no es más que mi cara y la sonrisa irónica dibujada en ella. Voy a cruzar una puerta consciente de que extraño cosas pero también de que las tengo. Giro la cabeza otra vez y miro, hace calor, quiero la playa, lo demás ya no importa.