viernes, 2 de agosto de 2013

Les Claypool & Primus.

Nota original en: http://revistapaco.com.ar/2013/04/29/les-claypool-primus/

Por Sergio “el bomba” Massarotto
En el año 1986 entró por la puerta del estudio en el que Metallica probaba músicos para reemplazar al fallecido Cliff Burton. Llevaba zapatillas de distintos colores entre sí, pantalones de skater y el pelo como un mohicano teñido de rubio. Los otros lo esperaban vestidos de negro. Con su bajo interpretó dos canciones y al notar cierta frialdad y distancia en la mirada de los metaleros, propuso tocar unas “tonadas de los Isley Bhroters”, banda de R&B, soul y hip-hop. Minutos más tarde le anunciaban que no quedaría en el puesto. Saludó y salió. Regresó a la carpintería, se colocó el delantal y aserró un tronco. El sonido de la sierra combinado con la anécdota le generaba risa, lo divertía. Tiempo después comenzó a girar con mayor seriedad en Primus, un trío de rock alternativo potente, extraño en su formación, con el bajo eléctrico al frente. Tuvo otras bandas pero fue en esta donde Leslie Edward desarrolló su identidad y logró sus momentos más logrados hasta el punto de fundir su nombre con el del mismo trío. En la adolescencia, mientras buscaba buenos bajistas por ahí, grabé su disco “Sailing the seas of chesse” (1991) en un TDK. Pocos meses después le encargué a una compañera del secundario, que solía ir a Musimundo, me compre otro discazo: “Pork Soda” (1993).
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Les Claypool es, junto con Flea, el músico que re significó el rol del instrumento de cuatro cuerdas a comienzos de los noventa dándole protagonismo melódico y compositivo; en Primus innova, compone sus canciones desde el bajo eléctrico con un estilo inimitable. Pero el rock no es técnica, por suerte, y para el saludable fastidio de los profesores virtuosos de guitarra que no los escucha nadie. El rock (¿y la música?) es gesto no evidente y complejo que requiere muchas cosas más allá de tocar bien. Abarca un manojo de elecciones estéticas y posicionamientos que exceden lo sonoro. Primus, ciertamente, es la presencia abrumadora de los graves, la rítmica colosal, fornida de sus bateristas y esas guitarras con escalas poco tradicionales. Pero eso es una parte y puede, incluso, ser la lectura más corta sobre Les y su banda. El virtuosismo bobo que quede para quienes adoran a los guitarristas Steve Vai, Satriani y Malmsteen. Primus excede esa definición. Es humor y grotesco, es Claypool caminando a pasos agigantados por el escenario con su instrumento como si fuese un fusil. Y ocupan un papel primario sus video clips, disfraces, sombreros y letras, donde aparecen animales desquiciados y personajes alterados, irrisorios y empleados enfermizos en profesiones marginales -pescadores, sepultureros, sargentos, jinetes de rodeo-.
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Dos ejemplos
En “Wynona’s Big Brown Beaver” los golpes del bajo buscan replicar el galope de una melodía de persecución western, el trío se disfraza de rancheros plásticos mientras la historia cuenta acerca de un enorme castor marrón, que come tacos y que finalmente termina siendo un puercoespín. Toda esa complejidad es Primus.

En “John the Fisherman”, la banda inaugura lo que será una sucesión de cuatro temas a través de varios discos que refieren historias de pescadores. La letra cuenta la vida de un adolescente que no pudiéndose incluir en el mundo de sus pares, decide refugiarse y dedicarle su vida a las cañas, los anzuelos y las boyas. Hablar de pescadores en una canción de rock alternativo es una apuesta a contracara de sus contemporáneos, que coinciden en retratar y repetir otros escapes de los adolescentes freak-drogas, suicidas, asesinos, solitarios-.

Sin embargo no hay en la música de Les Claypool frivolidad extrema, adecuación total con el mundo o una alegría completa. No. Hablábamos con un amigo y coincidíamos en que la definición más ajustada es la de una ironía constante que elige otros caminos por donde evidenciar la insatisfacción alejados de la melancolía y la oscuridad regresiva. Estando con mi hermano en el entierro de alguien cercano los dos observamos, por separado y perplejos, el trabajo de los sepultureros, flacos, de guardapolvo azul, fríos, acostumbrados a lo difícil. La observación en común tal vez tenga que ver con dos cosas: la lectura en la adolescencia de la historieta Cazador y el video clip de Primus “My Name Is Mud”. No pudimos evitar reírnos de eso con el pasar de los días, de habernos vislumbrado y estremecido ambos con la misma imagen y en esa situación. Creo que el bajista estadounidense hubiese hecho lo mismo.
Coherentes con la línea que lleva la serie, los productores de South Park encargaron a los Primus componer la canción oficial y utilizaron, además, “John the fisherman” en algún capítulo. Actualmente están re lanzando su primer y más exitoso álbum “Sailing the Seas Of Chesse”, con fecha de salida mayo 2013, en vinilo, blue ray y cd/dvd. En el 2011 y después de doce años sin material nuevo, apareció “Green Naugahyde”, disponible para escuchar en you tube y donde destaca “Tragedy’s A’-Comin’”, una historia de langostas, astronautas a caballos y restaurants, apoyada en un groove insistente, funkeado y la presencia dominante del wah wah en las cuatro cuerdas.

Les Claypool nació en California, en una familia de clase trabajadora relacionada con la mecánica automotriz. Fue carpintero. Plasmó en su manera de tocar el bajo y entender la música, los sonidos y colores de las labores propias y familiares que nunca escaparon de su cabeza

Dos Bandas de Mandarina.

Nota original en: http://revistapaco.com.ar/2013/04/11/dos-bandas-de-mandarina/

1-¿Cómo sumergirse en la tradición del rock sin quedar desfasado? Dos bandas platenses parecen querer responder la cuestión.
2- Casimiro Roble suena técnicamente bien, prolijo, afinado, ordenado. El grupo claramente intenta pararse entre el Pez de discos como “Folclore” u “Hoy”; Aquelarre y “El Jardín de los Presentes de Invisible”. La voz transita los arreglos vocales y el color de las banda de folclore-fusión platense Acaseca y a su vez, del uruguayo Jorge Drexler. Sin embargo la banda pierde muchas veces la frescura, tornando a su música una muestra de los gustos del grupo, de lo que escucha, copiado y reproducido incluso en sus letras que mantienen la misma actitud de la huella progresivo-intelectual del jazz rock, con el riesgo de caer en una forma de hermetismo poético per se. En su disco “Volumen II” hay imágenes, vuelos, baterías con escobillas, climas, acordes y sonidos jazzeados pero no hay un freno ni distancia con lo heredado, no hay ironía.
3-En otra banda, Los Curandeiros, más orientados hacia el hard rock que a lo progresivo, se ve un matiz diferente en esta misma apuesta por sumergirse en la tradición. Irradian un sonido sucio, bien tocado pero mugriento. Se hacen fuertes en el ruido. La banda tiene, además, dos elementos que constatan una distancia positiva; uno material y orgánico -la presencia femenina en el bajo eléctrico- y otro simbólico -la elección del nombre, que pareciera indicar tras de sí más una agrupación con maracas, tumbadoras, camisas de colores tropicales y canciones en portugués, que un grupo apasionado por los riffs-; ambos elementos que desgajan la matriz de la tradición. Plasman, en un EP corto de tres canciones también cortas, un amasijo de arreglos rockeros que rebotan en los golpes de batería y se ensanchan con los colores del piano eléctrico. La banda aparenta tocar obligada a permanecer en el riff, y su cantante, ya resignado, parece preguntarse por la novedad que lo saque de ese lugar.
4-Pero lo nuevo está y para encontrarlo no es necesario ir muy lejos. Se puede transitar la tradición y ser actuales. Mantener una relación de distancia con el pasado que aunque parezca extraño, muchas veces no va por el lado de una mejora en la calidad del audio. Yes tocando hoy con canas la misma música que hace cuarenta años, con sonido digital HD, suena viejo. Para ser actual en la tradición se necesitan distancias, tensiones, con lo heredado. Registro músical, sonoro y también las letras aportan a esa tensión. La búsqueda de una supuesta exquisitez, el vuelo poético como única herramienta por sí solo no alcanza. Se transforma en un procedimiento que desarrolló sus propios lugares comunes; visión melancólica, profusión de imágenes otoñales, voces que buscan resaltar esos puntos con entonaciones de agudos dulces y líneas melódicas que pierden su estructura en el afán de ser “cultas” y complicadas. Virtuosismo musical y poético se convierten en posturas y se transforman en la repetición de lo ya hecho. Repetir mostrando el gesto, en cambio, es una actitud interesante y eso se logra de diferentes maneras. Los Curandeiros parecen cristalizarlo en las letras, donde domina el fastidio, un cansancio que se refuerza en el tono de voz desganada, como de alguien que recién se levanta y no tiene otra opción más que encarar el día. Su música se percibe como el incordio del que busca algo que no sabe encontrar y repite por inercia lo que está en el menú solo por no morir. Y es este, reiteramos, el gesto que hace a la banda interesante para ser escuchada; resignación malhumorada ante la imposibilidad de salir del riff clásico y cierta espera cristiana por lo actual. ¿Dónde está lo nuevo que no llega? parece ser la pregunta que resume el EP “El Sol De La Mañana” y que se condensa en frases como “yo quise esperar una bendición/ abrí bien los ojos y el río durmió”, “¿y ahora qué? ¿y ahora qué?” , “esto es horrible, todo sonríe y muere”. Lejos de ser una revelación ni un hito estas tres canciones desganadas y compactas, no empalagan e invitan a la escucha y a refugiarnos en la tradicional distorsión de sus riffs, un lugar del rock siempre acogedor y bienvenido.

Pepsi 2: Se fue la lluvia, llegó el volumen.

Nota original en: http://revistapaco.com.ar/2013/04/07/pepsi-2-se-fue-la-lluvia-llego-el-volumen/

Por Sergio “el bomba” Massarotto
1-The Hives: el valor de la insistencia.
La segunda jornada del Pepsi no tuvo la presencia plena de la lluvia, pero si del barro remanente del día anterior, el martes trágico. Si bien numerosas bandas se pasearon desde temprano por los diferentes stages, el primer show del escenario principal, The Hives, comenzó alrededor de las seis y media de la tarde. De arranque el cantante de la banda sueca -el carismático Howlin’ Pelle Almqvist; por momentos intimidante, con mirada y sonrisa de “La Naranja Mecánica”- fastidiaba con la insistencia, noble por cierto, de hablar en español; promediando el show la banda logró convencer apoyándose en un sonido de guitarras aplanador y la voz bien al frente. A esa altura la obstinada manía por interactuar en castellano comenzó a divertir a los presentes. Vestidos de frac, enérgicos, saltarines, con un líder humorista que se emperró y finalmente logró establecer una relación cercana con el público, hacerlo bailar y participar; The Hives terminó comprándose a los asistentes. La banda cerró el show con un mosh de su cantante-estrella, entre el público del campo vip, y dio muestra de por qué hay quien la considera entre las mejores bandas de rock en vivo.
2-The Black Keys: lo crudo.
Cuarenta y cinco minutos más tarde apareció lo que para muchos es la banda del momento, The Black Keys, ya con las primeras estrellas y la oscuridad de la noche. Los teclas negras entraron al escenario de la misma manera que lo hacen en cualquier videoclip o entrega de Grammys, la misma imagen despreocupada que a ellos los hace cool y a nosotros nos condenaría al infierno de los deformes. Una pregunta surgía ante el dúo: ¿se la bancarían los dos solos o rellenarían con una banda numerosa de fondo? La respuesta fue por la afirmativa. Los Black Keys se la aguantaron a dúo como si estuviesen tocando en un garage de Ohio y solo utilizaron a dos músicos más para algunas canciones, entre las cuales se incluye su reciente hit “Lonely Boy”. Más aún, el dúo sonó mejor en estado primitivo que con el acompañamiento del bajo y el teclado, y su hit quedó deslucido y acelerado, sin la energía que transmite el morocho bailando en el videoclip. Gran parte de esta versatilidad para sonar bien y potente con solo dos músicos recae en la habilidad del guitarrista y cantante Dan Auerbach con su conocido estilo basado en fraseos del blues-garage-country, un volumen tremendo y una distorsión vintage de los viejos equipos bluseros Fender que nunca se apaga. El baterista Patrick Carney tiene anteojos grandes, un golpe fuerte, simple y un buen conocimiento de los matices de ruido con los platillos que logra disimularle varias pifias y aceleraciones de tempo. Con actitud humilde la banda recorrió en una hora y media no solo cosas del último disco “El Camino” sino canciones de los anteriores como “Thickfreakness” o “Rubber Factory” cortando justo cuando algunos empezaban a murmurar acerca del parecido entre varias de sus canciones.
3-Pearl Jam: la nueva gran banda nacional.
Y llegó el turno de Pearl Jam. La banda que los argentinos eligieron para reemplazar a las extintas grandes bandas nacionales del rock de estadios. Hay que decirlo: al público local le gustan ese tipo de recitales ultra masivos, incómodos y cuando encuentra su banda, le corea los riffs, festeja y establece lo que Los Piojos (una de las bandas extintas) impusieron como “ritual”. Ante el vacío, el público argentino los adoptó y los de Seattle no lo defraudan. Pearl Jam rockea, emociona y empuja al pogo. No defrauda. Es disfrutable en pareja o con amigos. Una banda populista en el buen sentido. Ofrecieron un show sólido y clásico de dos horas y media donde se destacó el baterista Cameron que no deja caer nada que se le tire y las guitarras precisas (sobre todo Mike Mc Cready, tremendo guitarrista, con mucha fuerza y energía) que funcionaron como capas y colchones donde la voz de Vedder jugó y se estiró arabescamente. Dicen que una guitarra no se escuchaba pero lo importante de Pearl Jam, hoy y acá, es que las canciones suenen, más allá de los detalles técnicos y los gestos virtuosos de sus integrantes; si se logra, el público apoya, corea los riffs y se suma para formar parte de la canción. Lo saben ellos y lo mostró Vedder incitando a la gente en varias oportunidades a corear las partes y cantando estribillos en castellano para mantener la relación caliente. Tomando vino tinto del pico, con el bajista vestido con la 7 de Oberto, fueron manejando climas e intercalando riffs para terminar tiernamente con “Yellow Ledbeter” después de haber rockeado fuerte con el cover “Rockin In The Free World”.
Es cierto que la falta de tribunas impide comparar con otros shows anteriores el número aproximado de personas, pero un amigo nos confió que las imágenes de las cámaras mostraban un mar humano impresionante, “era Woodstock, loco”, dijo. Los datos empíricos de las piernas acalambradas después de atravesar cuadras enteras e interminables de barro y personas, y la asfixiante cantidad de vendedores afuera del predio, son garantía de que la relación con Pearl Jam ya es grande y no apunta a cambiar el rumbo que se inició años atrás en Ferro, se afianzó en La Plata y siguió creciendo en Costanera Sur.

El Twitter de Iorio

Nota Original en: http://revistapaco.com.ar/2013/03/18/el-twitter-de-iorio/


Por Sergio “El Bomba” Massarotto
Ricardo Iorio es un personaje que sabe lo que tiene que decir. Una vez dijo que no pensaba ser músico toda su vida, que podía hacer otras cosas. Y cuando el entrevistador le preguntó qué cosas él contestó, como se debe, “rectificar un motor, hacer un pastón”. Cuando lo escuché lo aplaudí. Es probable que ni siquiera sepa las proporciones exactas de arena y cemento ni mucho menos las medidas de la las llaves para sacar una tapa de cilindros, pero es consciente de que si hay alguien, es él quien está autorizado y quien debe decir eso. Queremos que diga eso y queremos imaginar a líder de Almafuerte haciendo un pastón un fin de semana en su campo, puteando al aire, escupiendo de vez en cuando y limpiándose las manos en la remera de V8 desecha.
Ahora hay que hacer el mismo esfuerzo, más difícil, por supuesto, para imaginárselo con twitter, escribiendo en ciento cuarenta caracteres. Iorio tiene tuiter. Bueno. Al menos hay una cuenta que lleva su nombre y utiliza frases suyas. Pensemoslo, mejor, ubicando señal en Sierra de la Ventana, donde tiene el campo, y escribiendo lo que se le ocurrió mientras acomodaba unas ramas para hacer un fuego.Es posible sostener que hay un Ricardo antes y después de Casella. La entrevista con el periodista de lentes gay y trajes exóticos reubicó al pope del metal argento en el carril mediático y lo hizo trascender el cerrado círculo del rock. Era de esperar que una figura tan jugosa desemboque en una cuenta de twitter. Su mitología de tragaleches, jiponazos berretas, peronismo crudo, putos, bardos al resto del mundo del rock, posturas fuertes, posturas mariconas y mensajes humanitarios tiene todo para el difícil y extraño éxito tuitero.
El arsenal del Iorio post Casella puede leerse casi completo en esta cuenta. El líder de Almafuerte se muestra nacionalista y visceral, xenófobo, ofensivo y por sobre todas las cosas, divertido. Tuits como: “Nosotros preferimos cantarle a la ruta y no a tu hermana que chupa pija, y encima lo hace mal” son merecedores de cucardas tuiteras. Otros son manifiestos (“Uno debe ser valiente a los veinte años, no a los sesenta”, “Verborrágico no, se dice hablador, persona que sabe lo que siente y dice lo que piensa, verborrágico es muy Ari Paluchi, es muy onda gay”) donde Iorio se planta ante cierta mariconeada posmoderna. También está su religión y su relación existencial con lo divino en dos o tres tuits (“Yo tengo sentimientos homosexuales. También quisiera que me limen el buje con una poronga violeta. ¿Pero sabe por que no lo hago?/ Por vergüenza a Dios que me dió su mejor plata al estar bajo su vista.”) Además de los citados elegimos nuestros favoritos no por compartir criterio en todos los casos pero si por divertidos:“A mí me daría vergüenza salir a hacer esas payasadas como hacen Los Nocheros “mamá, mamá”, ¡háganse la paja hombre grande, deje de llorar!”
“Se me murieron las ganas de ser el rockstar después de ver a tipos que nos cogíamos en el baño de la escuela como Juanse siendo estrellas.”
“La cumbia villera y toda esa mersa existen por que los reptiloides evitaron que se difunda Edmundo Rivero.”
“De acá se llevaron 265 mil toneladas de oro de nuestra América, y hoy traemos a Estopa, Joaquín Sabina. Lloro para no cagar sangre.”
Últimamente la cuenta cayó en una irregularidad importante. Ojalá sea porque “lo más grande del heavy nacional” tuvo que ir a un pueblo del sur de la Provincia de Buenos Aires a buscar provisiones pero que pronto vuelva y nos divierta aporreando hippies y matando putos, como mandan Dios y las cruces de Black Sabatth. Porque Iorio es amor. Es una personaje que fue ablandando su coraza a través del tiempo y a medida que ganó en reconocimiento. Ahí están los ejemplos tocando con músicos impensados como Cianciarullo de LFC, brindando una entrevista desopilante a Casella, manifestando su admiración por el ex leonas Cacho Vigil. Por eso nos abrazamos a este tuit suyo: “Todo lo que hice fue para ser querido, así que no me escondo. Siempre algo de adentro mío fue para los demás”. No abrazamos a esa frase para creer con fe y esperanza inútiles que es él quien escribe, con dedos morcillas en un Blackberry medio pelado, golpeado, con olor a cemento y humo de asado.

jueves, 28 de febrero de 2013

Lo uno y lo múltiple



                                                                                                      Pero son de una petulancia...
de un egoísmo... de una falta de tacto...
                                                                                                            O.Girondo



A comienzos de la semana fue que empezó a hablarme. Yo iba camino al vestuario cuando sentí un 
cosquilleo y después el saludo

Eu, Dani!

Pensé que me llamaba un compañero, miré alrededor y cerca no había nadie. Comprobé que la voz venía de mi rodilla derecha.

Eu, che, si acá! sí, soy yo, tu rodilla.

Con sorpresa entablé un diálogo.

Ah, hola. ¿Qué haces hablándome?

Siempre lo intenté pero vos no me escuchás, igual que a tu novia, ja.

Sentí que me invadían.

Ehhh, ¿qué querés? decilo rápido que me tengo que ir.

Nada, conversar un rato, no seas malo, conocernos.

A partir de ahí no paramos de hablar. Tenía talento para contar chistes y aparte se sabía todos los chusmeríos del equipo. La pasé bien esos días.

El viernes todo cambió.

Tengo algo para decirte

A ver

Soy hincha de San Martín de Burzaco.

¿Eh?

Si, soy hincha del Indio, viejo.

No te puedo creer, ¡hice infantiles, inferiores en el Rojo, soy hincha, naci en el barrio y viene una parte de mi cuerpo a decirme que ella es de Burzaco!

Y bueno, ya soy mayor, ahora me animo a decírtelo. Y no quieras saber de qué club es el estómago con el que hablo seguido. Igual, es lo de menos. Lo que quería decirte es que este domingo no la voy a dejar pasar. Digo, siempre me la banqué y te di una mano aún sufriendo por dentro, pero ahora estamos jodidos con el descenso.

¿Qué me estás diciendo?

Que este domingo en el clásico no cuentes conmigo.

Te mato. Así. De una.

Dejamos de hablarnos hasta el partido. No creía que mi rodilla podía traicionarme, así que entré confiado. Salí de titular. En el arranque quise parar la pelota con la pierna derecha y la rodilla hizo una pirueta, la pelota se me fue por abajo perdiéndose atrás de la línea de cal. La miré de reojo. Esta no me puede arruinar el partido, pensé. El cinco nuestro tiró una pelota al vacío, ya la estaba por controlar, caí dando tres o cuatro vueltas en el pasto. Me raspé todo. Un compañero ayudó a levantarme. Habían cobrado tiro libre, por error, claro, no podían ver que era la turra de mi rodilla la que en realidad me hacía la vida imposible.

¿Lo pateas? – preguntó el árbitro-

No, gracias.

Me iba con los defensores. El técnico gritó.

¡Daniel! ¡Patéalo vos! ¿Qué estás haciendo? ¡Anda delante de la pelota!

No me quedó otra. Me paré como para pegarle al arco, directo. Les veía la camiseta a la barrera bien de frente. Pensé en la bronca que les tengo. Empezó otra vez.

¡Qué colores!

¡Callate o te cago a trompadas!

Pero mirá que combinación, azul y blanco, no hay cosa más elegante ¡que belleza! mirá, en la barrera está 

Carranza ¡Cesar! ¡Regalame la casaca!

 Lo único que te digo es que termina el partido y me corto la pierna si no hacés silencio

Flaco ¿estás bien?- me dijo Carranza, desde la barrera-

Si, si, nada, hablo solo nomás.

Tomé carrera.  El árbitro dio la orden. Pateé. Ni se a donde fue a parar la pelota. Creo que al lateral. Yo, obviamente, rodé en el suelo. La gente murmuraba. Quedé ahí tirado. Simulé una lesión, no podía comprometer al equipo. Me agarré la rodilla izquierda,  no sea cosa de que la otra empiece a los gritos. Le hice la seña al técnico de que no podía seguir. Desde el piso volvió a hablarme.

Ah! te acobardás!

No tenés vergüenza, no podés hacerme esto.

¡A llorar a la iglesia!

Me hizo enojar en serio.

¡¡Cerraelojete!! –le dije a mi rodilla.

El tuyo -me contestó ella, no sin razón.

Me senté en el banco de suplentes. Puteaba. Los demás relevos se habían ido a entrar en calor. Le pedí al médico que me ponga hielo en la rodilla. Ni bien se alejó un poco cambié la compresión a la derecha.  

¡Ayyyy! ¡Está frio che!

¡Sufrí cornuda!

¡Para! ¡No es para tanto! ¡Es un partido de futbol nomás! ¡paraaa!

Ah, ¿viste? aprendé a callarte y aflojo.

¡Me callo! ¡Me callo! ¡Te lo juro!

No te creo ni medio nena, juralo por Burzaco.

Daniel, ¿con quién hablas? –preguntó el técnico-

Con nadie Alberto, con nadie.

¿Seguro? me pareció que decías algo. ¡Parala Jorge¡ ¡parala y después jugás! ¡Rápido!

Dudé ¿y si le cuento? capaz que el también la escucha y me puede ayudar, el viejo este tiene experiencia, me conoce de toda la vida, de futbol infantil, tiene calle.

Mire Alberto, la que me habla es esta –la señalé- Hablale a Alberto che, dale.

La rodilla estaba inmutada. Alberto me miraba con los ojos abiertos al límite.

Ah, vos estás mal en serio Dani.

Pasaron unos segundos. Listo estoy en el horno, pensé.

No señor, tiene razón. Yo le hablo.

El técnico le dio definitivamente la espada a la cancha. Se acercó hasta donde yo estaba.

No lo puedo creer. ¿Vos no estarás agarrándome para la joda en medio del partido Daniel?

Señor, soy la rodilla de este gil. No es joda. A propósito, como te asustaste cuando me quedé callada danielito – se rió; yo estaba en silencio, con la pierna extendida-

Esto es un hallazgo Daniel. O nos estamos volviendo locos. Decime que me estas jodiendo- dijo Alberto, alarmado.

Andá y mirá el partido antes de mirarme a mi –le dijo ella- te están entrando por el lateral derecho, y si, también con el burro que pusiste. ¡Vamos sanma viejo nomás!

Alberto estaba paralizado. Después de unos segundos reaccionó. Pestañeó volviendo en sí.

Ah, maleducada.  Viene a darme indicaciones y para colmo hincha de Burzaco –la señalaba, inclinado, moviendo el dedo de arriba abajo; de vez en cuando miraba el partido por atrás del hombro, San Martín dominaba.

Ahora no te puedo atender, después vamos a hablar vos y yo.

¿Me estás amenazando? ¿Por qué no reconoces que el cuatro es un desastre y listo?  ¡Ya hace rato que tendrías que haber renunciado! ¡Ahí va, dale, dale! ¡Gol! ¡Golazo! ¡Vamos Burzaco todavía!

Daniel, ahogala, hacé algo, cortate la pierna, no sé, algo, ¡rápido! –me ordenó Alberto mientras los del Gran Buenos Aires festejaban su primer gol.

La volví a presionar con el hielo y me apliqué el vendaje. Se escucharon unos quejidos durante unos segundos. Después quedó en silencio. No sé si la asfixié o qué pero no habló más.

Pasó el partido. Perdimos.  En el túnel Alberto me separó.

¿Y? ¿Se quedó callada?

Le conté el episodio de la asfixia. Me agarró de un hombro y acercó su cara.

Mirá Daniel, que esto quede entre vos y yo. Hagamos de cuenta que no pasó nada. Olvidate. Ya está. Eh ¿cuento con vos?

Si, profe, quédese tranquilo.

Y se fue. Hizo un trotecito para agruparse con los demás. Yo me rezagué un poco.

La rodilla, en el resto de los días, confirmó el silencio o al menos yo no la escuché. Lo que son las cosas; empecé a preocuparme, a dar vueltas en la cabeza: “mirá si la maté realmente. Bueno, en ese caso tendría que, al menos, hacerle un velorio digno. Mejor no, a ver si la despierto y empieza de nuevo.  Pero no puedo dejarla así, no me cuesta nada unas horas de ritual como para cumplirle por todos los años que me acompañó calladita”.

El miércoles a la noche, o sea ayer, preparé todo. Hice, con cartón, un ataúd en miniatura que forré en papel afiche marrón. Quedó lindo. Me senté en el sillón del living, justo la pared de atrás tiene un crucifijo colgado que me vino diez puntos. Trabé el cajoncito en la rodilla. Eran las tres de la tarde, seis horas tenían que estar bien, tampoco era un ser humano, así que hasta las nueve me iba a quedar ahí haciéndole el velorio. Me acordé del técnico. Tendría que llamarlo. Agarré el celular.

Profe?

Quién habla, ¿Daniel?

Si, si

¿Qué hacés? ¿Qué pasó? decime

Nada profe, quería invitarlo al velorio

¿Eh? ¿Qué pasó dani? ¿Algo con la familia?

 No se preocupe, no es nadie de mi familia, están todos bien. Es por la rodilla.

 ¿Qué decís? ¿La rodilla?

Y, que quiere que le diga, no me parece correcto que la deje así tirada, desde el domingo que no habla y si la maté, tengo el deber de hacerle este pequeño homenaje, no puedo ser tan ingrato. No sé qué opinión le merece, pero pensé que, como vivenció algunos momentos con ella, capaz que le interesaba darse una vuelta, sin compromiso, obvio.

Pero vos estas para el manicomio Daniel, no, en serio, vos estás mal, ya te lo dije. Mirá que me voy a ir hasta tu casa para velar a la boluda de tu rodilla que de un día para el otro se le ocurrió hablar y además tirarnos en contra. Ni en pedo, Daniel, ni en pedo. Y dejate de joder con eso. Sacatelo de la cabeza. 

Haceme caso. Chau.

Alberto me cortó el teléfono. Tenía sus razones. Lo entiendo. Así que me quedé solo con mi rodilla, el crucifijo y el ataúd. Esperé un par de horas sin hacer nada, la pierna estirada en el sillón con el ataúd encastrado. Siete y media sonó el timbre. Acomodé el cajoncito en la mesita del living. Me acerqué al portero.

¿Quién es?

Alberto, Dani, Alberto

Le abrí. Entramos.

Después de que me hablaste no pude dejar de pensar. Tenés razón. ¿Hasta qué hora es la ceremonia?

Hasta las nueve.

Nos quedamos los dos en silencio un rato. Después conversamos. Del tiempo. De la familia. Un poco de futbol. Del país. Alberto hizo café. Se quedó hasta las nueve y media. En un momento me miró a la cara. Le pregunté que le pasaba. Con la voz temblorosa preguntó si podía despedirse, si no era demasiado, si me ofendía. Le dije que no había drama. Acercó su cara a la pierna. Cerré los ojos. Sentí contacto en la zona. 
Le dio un beso a la rodilla y se fue. Lo vi compungido. Yo me levanté. Enterré el ataúd en la maceta del balcón. Fui al baño, me pasé espadol en la rodilla. Agarré el teléfono y pedí una pizza chica. No tenía mucha hambre. Los velorios me cierran el estómago. A las doce ya estaba en la cama. Antes de dormirme pensé en la finada. Debo reconocer que tenía esperanzas de que estuviese catatónica. Se ve que no. Apagué la luz del velador.

Volvió a sonar el timbre. Prendí las luces como pude. Por la mirilla vi a Alberto con una mujer. Miré el reloj, las tres de la mañana. Abrí la puerta. Pasaron. La mujer pisaría los sesenta años. El dt nos presentó.

Ella es Brunilda, él es Daniel.

Saludé un tanto confuso. La miraba al tiempo que agachaba un poco la cabeza. Ella, al contrario, parecía segura de sí. Observaba con movimientos rápidos de cabeza los detalles de mi casa.

Disculpá la hora Danielito –dijo el profe- sucede que me siento culpable por lo de tu rodilla.En cierta forma soy responsable y me fui mal, que querés que te diga.

Si, lo noté –le dije bostezando con los brazos cruzados. Atrás de Alberto la mujer ponía su mano en mi heladera y la abría.

Qué busca ahí señora –dije salteando la figura del hombre. Brunilda me miró, refunfuñó y cerró. Siguió caminando por la casa pero la conversación del otro me impedieron controlarla.

Che, che, escuchame a mí querés. Te traje a Brunilda que es una bruja. Le conté lo que pasó y me dijo que hay chances de revivirla- dijo

Inmediatamente se me vinieron a la cabeza algunas ideas de la relación entre el profe y la bruja. Las deseché.

¿Qué dice? ahora el loco es usted profe; lo de la rodilla ya está, ya fue –quise concluir- eh, señora, venga para acá por favor.

Fui hasta mi habitación, atrás mío Alberto. En la cama estaba Brunilda acostada, las carnes fláccidas se derramaban sobre mis sábanas, nos miraba y se tocaba las tetas arrugadas. Lo miré fijo al profe.

 Esto es un asco Alberto. Es una vieja loca. Rajá de acá y llevate a esta psicópata –lo tutee enojado. Desde la cama se escuchó la voz de la señora. Nos dimos vuelta y quedamos de frente.

Vieja las pelotas –dijo Brunilda-  y en todo caso, para la ciencia, el primer loquito acá sos vos. Así que entre bomberos no nos pisemos la manguera –me calló.

Esto que estoy haciendo es un ritual –prosiguió- y ustedes se tienen que unir acá conmigo desnudos si quieren revivir al espíritu de la rodilla para pedirle perdón por lo que le hicieron. Sinverguenza –me clavó los ojos.

Noté algo raro en la mirada del profe hacia la bruja, como sea, el técnico no tardó diez segundos en sacarse los zapatos y la remera. Lo agarré del hombro y lo aparté al pasillo trastabillando y enredado en los cordones.

Es una locura ¿A quién carajo trajiste a mi casa? Yo ya hice el velorio como Dios manda. No tengo nada que pagarle a la rodilla de mierda esta. Se lo digo bien Alberto, llévesela y le juro que no le cuento a nadie que usted se está volteando esa verruga con pelos –dije.

No pibe. Bah, bueno, de vez en cuando me hace el favorcito, nada más –aclaró- Pero te pido por favor, dame una mano en esta, tengo una culpa que no puedo más con tu rodilla, le quiero pedir perdón. ¿Y mirá si no podés volver a jugar con la misma soltura de antes por haberla matado? ¿No te genera miedo eso? Por favor te pido. Hacelo como una manera de devolverme todo lo que te enseñé en la cancha. No lo tomes como que te paso factura pero entendeme que a esta edad ya no quiero cargar con ninguna angustia, solo estar tranquilo, hacer la plancha hasta el final, como vos decís, -y bajó la voz- sacarme la leche con esta mina de vez en cuando, nada más.

Pensé unos segundos. Con lo de las inferiores me tocó adentro.

¿Y van a pasar? Dale Alberto que en cualquier momento amanece –dijo Brunilda desde la pieza.

Un rato mas tarde los tres estábamos sentados desnudos en la cama. La ceremonia era deplorable. Alberto y yo debíamos agarrarnos las manos, decir un “ommmm” y Brunilda se refregaba lo que quedaba de sus tetas pronunciando al mismo tiempo lo que ella decía que eran unos pases mágicos. Antes me había untado la rodilla con manteca. Teníamos que estar así hasta que el lácteo se derrita como señal de la presencia del espíritu. Por suerte mi posición exigía los ojos cerrados.

No pasó nada durante unos veinte minutos. Abrí los ojos decidido a echar a esa gente de mi casa. Serían como las cuatro de la mañana. Corté el “ommm”. Sentí que la manteca se deslizaba, derretida, por la rodilla y caía a la sábana.

¡Fuerzas oscuras! ¡madre de todo! ¡acá está su presencia! –gritaba Brunilda. Alberto abrió los ojos, se incorporó para agarrar los anteojos, miró de cerca la manteca derretida y se fue corriendo en pelotas. Lo miré. No entendía nada.

Bueno ya está, vístanse y váyanse de acá. Basta con esta payasada –dije con el short en la mano.

Mocoso de porquería tenga usted más respeto con los espíritus y con el trabajo de una dama como yo. 

Ahora tiene otra vez a su rodilla de vuelta. Me va a deber de por vida que usted pueda seguir jugando al futbol –me retó la vieja.

Por el pasillo escuchamos los pasos descalzos y pesados de Alberto. Venía corriendo con un cuchillo en la mano levantada. Salté de la cama. El hombre me atacaba.

Traeme esa hija de puta acá Daniel que la hago mierda –gritaba.

¡Pará un poco! ¡No entiedo un carajo! ¿¡No le querías pedir perdón!? –le contesté a los gritos. Brunilda se vestía como si nada estuviera pasando, indiferente.

Ni en pedo ¡Armé todo! La hija de puta de tu rodillita o vos me engualicharon, no se. ¡Me echaron a la mierda hoy a la noche por la derrota en el clásico! Cuando llegué a casa me encontré con el telegrama. La fui a buscar a Brunilda. Tampoco supo la verdad hasta recién. ¡Lo único que quiero es matar personalmente yo a tu articulación! ¡Dale hablá hijadeputa! –cuando terminó se me abalanzó. Lo esquivé por arriba de la cama y quedamos enfrentados en posiciones invertidas a las anteriores.

Vida y muerte. Muerte y vida. Todo está sobrevalorado muchachos –interrumpió Brunilda el momento tenso –Betito querido, esa rodilla está más muerta que nunca. La manteca se derritió por el calor natural pero no es la forma en la que el espíritu revivido trabaja. Me equivoqué. Soltá ese cuchillo y vámonos a casa que es muy tarde –ordenó ya cambiada con su vestido violeta y sus collares colocados.

El profe la miró y, cosa increíble, se le fue bajando la furia inmediatamente, lo que es el amor. Soltó el cuchillo arriba de la cama, agachó la cabeza, se tomó los ojos y empezó a llorar. Entre las lágrimas decía “toda la vida trabajando en el club, toda la vida”.

Brunilda escuchó y lo retó “bueno, mal no te va a venir salir a buscar otro laburo viejo”. Lo tomó de la mano, le acarició la cabeza y fueron hasta el comedor. Me puse las ojotas apurado y los acompañé a la puerta. Alberto se iba con la cabeza gacha, lagrimeando todavía. Antes de irse Brunilda giró, me guiñó el ojo y me tiró un beso. Cerré la puerta golpeándola y puse la alarma. Sonó mi celular. Un mensaje de texto de un número que no conozco. Abrí y leí: “Danielito, soy Brunilda. Este favor de hoy me lo vas a pagar durante un buen tiempo si querés que no le diga nada a Beto. Con una visita semanal y fogosa me alcanza. A veces capaz que voy a pedirte dos visitas semanales. Te salvé la vida de ese cuchillo. Ya vas a ver por qué. Copia mi número. Beso. Bru”. Vieja loca, pervertida, que asco; pensé. Me fui a acostar aunque claro, no dormí.          

Hoy entrenamos. Me estoy bañando. Recién sentí una puntadita a la altura del ombligo.
¡Euu! ¡Che! ¡maestro!
El domingo que viene definimos cosas importantes con Ituzaingo.


lunes, 25 de febrero de 2013

Luces raras en el Tercer Cordón


De Pablo nunca supimos si le gustaban las mujeres, los hombres o que. Eso sí, tenía buen material, que cuando lo sacaba para mear, le sobraba en la mano. Le sobraba pija, digamos. El problema es que siempre que íbamos a los cabarets de Monte Grande nunca pasaba. Se tomaba mil quinientas cervezas, bailaba un rato y se iba. Nosotros, al contrario, éramos unos alzados estúpidos.

Los cuatro laburábamos en una tercerizada que trabajaba para la Mercedez Benz y además sacábamos trabajo para una autopartista grande de zona oeste. En el verano, después de las licencias de enero, el almacén, donde están los insumos y los repuestos, quedaba vacío así que los directivos de la fábrica armaban un grupo suplente con gente de cada sector. Ese verano nos tocó a nosotros.  Pablo era de chapistería. Cortaba y doblaba chapa entre ocho y nueve horas por día. Siempre dijo ser el mejor manejando la cizalla aunque era claro que los supervisores no se daban cuenta. King Kong, un chaqueño enorme, una acumulación morocha de brazos, piernas y cabeza y Víctor, eran de pintura. Yo, el música, trabajaba en ensamble. Supuestamente éramos los menos requeridos en cada área. Por eso íbamos al almacén. Y ahí nos conocimos. Ojo, la pasábamos bien. Como hay poco movimiento, en esos meses el almacén se convertía en un campeonato interminable de truco. Tampoco faltaba bebida, que  ingresaba disimulada con la ropa y los botines. En invierno es un poco mas movido, pero los supervisores ni se acercan por el frio que hace en el galpón; así que la pasamos dedicados al licor de chocolate y la ginebra. A veces costaba disimular el pedo, pero sabíamos arreglarnos.

Contra la usanza tradicional de la firma, quedamos  en el almacén en condición de permanentes. La empresa no podía echarnos no sé porque convenio, así que confinó nuestros destinos ahí adentro.  Pagaban por quincena. Es una fija que la primera del mes la reventábamos en Monte Grande. Unos calentones. Pablo no. Se divertía, eh, y también la reventaba. Pero en porquerías y alcohol. No es que sufría por eso. No. Se caga de risa de todo. Tuvo una novia. Nunca supimos si se la cogía. Pero jamás nos planteó un bajón o algo así. El escabiaba y fumaba. De todo. Con eso era feliz. 

Una tarde mas salimos del laburo con todo organizado para reventarnos en el pelotero. Nos tocó turno mañana, de seis a dos. Terminamos y nos bañamos. Víctor acercó la Chevy verde. Calculamos que tipo cuatro de la tarde llegaríamos a Monte Grande. Era el horario que más nos gustaba. Encontrábamos a las chicas bañaditas y frescas para la jornada. Había tiempo de sobra para hacer lo que nos dé la gana.
King Kong era el que más tardaba en bañarse. Pablo, Víctor y yo lo esperábamos afuera, cerca del puestito de seguridad  cambiados y económicamente perfumados.

Salimos los cuatro a la playa de estacionamiento. La Chevy verde cerca. Subimos al auto. Víctor manejando, Pablo en el asiento de acompañante y King Kong y yo atrás. Prendió el auto. Cruzamos el puesto grande de seguridad y agarramos Ruta 3 para el lado de Casanova. En el stereo sonaba una AM. Las locutoras hablaban de una explosión en una casa de zona sur. No se sabía que la había causado. Sospechaban de un meteorito, o algo parecido.
-Ponete un disco Pablito- le dije.
-A ver que tiene este- Pablo empezó a hurgar en la guantera. Había un par de discos truchos. Los Redondos, Las Pelotas, La Renga; se llegaba a leer desde atrás.
-Poné La Renga- tiró King Kong convencido.
-No, ni da, ya me tiene podrido el salame del Chizzo; siempre lo mismo con estos locos- dije. King Kong me miró, con una mirada que si no lo conocés te querés haber muerto ayer.
-Bueno, vamos con Los Redondos. Uy, a ver, acá hay uno raro- Pablo sacó un disco mas- ah, mirá, Almendra, loco, ¿les cabe?-
-Y ponelo que se yo- le contesté. A King Kong y a Víctor parecía no interesarles ya la música que elijamos.
-Poné lo que quieras chabón, pero vamos a comprar algo para tomar- Victor confirmó.
Hicimos unos kilómetros y compramos cervezas y una petaca de Criadores a la altura del 35. En el estéreo sonaba Almendra. Al palo. Abrimos la cerveza. Le dábamos un trago cada uno. Víctor aceleraba la Chevy. Pasamos Laferrere, el puente del 29, el aeródromo, Cristianía y llegamos a la rotonda de San Justo. Ya nos habíamos bajado tres birras. Es impresionante lo que escabia King Kong. Y ni hablar de Pablo. Empecé a armar un porro. Lo prendí. Pité. Tosí. Se lo pasé a Pablito, el más interesado. Víctor fumaba, manejaba y escabiaba un trago de vez en cuando. Un pulpo. Sonaba “Gabinetes Espaciales”. Charlamos algunas boludeces a los gritos. Lo que importaba era escabiar. Almendra nos estaba copando. King Kong, en un riff, movió la cabeza. Todo un logro.

Como venía y en cuarta, Víctor dobló en la rotonda para la derecha. Me quedé mirando un cartel de “Cristo la solución” que tapaba a medias uno de “Ledesma Conducción”. Fenomenal. Di otra pitada y lo pasé. Me dio sed. Pablito ya estaba abriendo una cerveza más. Tomó y se la pasó a Víctor. Que increíble como hace este tipo, me pregunté. Tomaba con una mano y con la otra pasaba un cambio dejando el volante libre unos segundos. Increíble. Agarramos camino de cintura en dirección a la autopista. King Kong sacudía la cabeza con el riff de “Mestizo” y le dio otra pitada al porro. Gran canción, pensé. Pablo subió el volumen.

Cruzamos por debajo del puente. Victor seguía firme con su estilo de manejar. Dobló otra vez como venía a la derecha y enfilamos para Monte Grande. Mientras maniobraba un 51 de la San Vicente tuvo que frenar y esquivarnos. El colectivero puteó. Pablo sacó una bujía vieja de la guantera y se la tiró contra la chapa. Trabajé de mecánico en esa empresa. Son unos ladris. Terminás engrasado de pies a cabeza, se trabaja turno americano y no te pagan como debieran. Mientras el proyectil volaba me acordé de que un compañero de la línea se quiso afiliar a SMATA y lo rajaron. La bujía abolló el número de interno. La cara de cagazo del chofer fue memorable. Pablo sacó el brazo y le hizo gestos de que lo íbamos a fajar. La chevy aceleró. Largué una carcajada. Pablo y Victor también. King Kong seguía concentrado en la música. Tenía los ojos rojos como dos huevos de sangre. Parecía un diablo toba.

Llegamos a “lo de Fabi”. Así se llamaba el puterío. Victor apagó el stereo cuando empezaba “Color Humano”. El primer riff dibujado sobre el mi menor y el do mayor se silenció de golpe. Qué lástima. Bajamos. Subimos la escalera. Finita. Apretada por dos paredes que solo tenían el revoque grueso y te raspaban el codo si subías distraído. Arriba nos recibió Fabiana, la dueña. Entramos. El local estaba vacío. Pablo, enfiestado, aplaudía descompasado una cumbia que revotaba por todos lados incentivada con las paredes vacías de presencia humana más allá de las chicas y nosotros. Rubén, el seguridad, llegaba alrededor de las cinco. Todavía no eran ni las cuatro. “Un boleto tan chiquitito fue el pasaje sin regreso, tenía tanto valor, para costarme tu amor” decía la cumbia. “Poca Plata papá!” gritó Pablo y aplaudía en negras levantando los brazos y tirando pasos desastrosos. “Tropihits noventa y ocho, si, si, lo tenía en cassette a este” me decía a los gritos y a solo un metro de distancia. Se acercó a una mesita y se puso a picar. Ahí se quedó. Con Victor saludamos a las chicas. Nos querían hacer bailar. Claudia, una morocha tetona me pasó los brazos por encima del cuello. Sus tetas se me quedaron a tiro de mordida. “Estoy fumando sin control, estoy tomando sin parar” cantaba Leo Mattioli. A mí se me paró la pija. Siempre me pasaba.  Ni bien entraba, ya estaba al palo. Pero me reprimí. Quería tomar algo antes de pasar. Le dije a Claudia que hoy era su noche. La morocha se reía. Que lindas que son. Cualquier cosa que les digas las divierte.

Pablo terminó de armar un porro en la mesita. Nos acercamos con Victor. King Kong ya estaba sentado. Había sacado la petaca y se la estaba tomando solo. “Convidá che”. Obligó Victor que tenía más confianza con el negro como para decirle cosas en ese tono imperativo. El chaqueño era manso y obediente. Pero si no eras prudente podías terminar con suero en un hospital. Callado, King Kong pasó la botella. Yo me compré una cerveza. En un vaso de plástico de litro. A la piba de la barra le hice un chiste malo sobre el parecido de mi semen y la espuma sobrante de la botella que ella corrigió con la lengua.

La Colo puso otro disco en la máquina de música. Cuarteto.  Di una seca después de Pablo. Me acordé de cuando en la secundaria escuchábamos Rodrigo. Que grosso este tipo. Una vez organizamos para ir reventados a la escuela. Nos juntamos en la casa de uno de los pibes. Compramos dos vinos blanco y los bajamos. Fuimos de la cabeza a estudiar. Uno llevó un TDK que tenía grabado a Rodrigo. Si. De un lado Rodrigo y del otro 2 minutos. Pusimos el cassette y en plena hora de inglés nos pusimos a bailar. La profesora se puso loca. Nos gritaba. Golpeaba la mesa. Los tres que estábamos borrachos no parábamos de bailar. Fue un quilombo barbaro pero no pasó de seis amonestaciones pedorras para cada uno. No me acuerdo bien si la profesora a partir de ahí se pidió licencia. Vieja de mierda. Estaba re loca. Pité una vez más y tomé un poco de cerveza. La colo nos invitaba a la pista. Menos King Kong fuimos los tres. Nos pusimos a bailar cuarteto. Un giro. Otro. Pasitos hacia la pareja. Pasitos hacia atrás. Siempre agarrados de las minas. Como se reía Pablito. Giraba sobre sí con los brazos abiertos. Siempre descompasado. Le hicimos una ronda. Después la desarmamos y él se quedó igual con los brazos extendidos como dando una abrazo al cielo. Siempre girando. “Soy cor-do-bés me gusta el vino y la joda y lo tomo sin soda porque así pega más…!!”. También cantaba. Desentonado. Corrido. Saltaba. Y se cagaba de risa. Víctor bailaba con una rubia que la semana pasada era morocha. Se apretujaron un poco. Se fueron por el pasillo en dirección a los cuartos. King Kong nos miraba desde la mesita. Seguía tomando. Yo bailaba rozándome con Claudia. “¿Vamos?” me dijo. Es mi preferida. Me llevó ella de la mano también al pasillito de los cuartos. Desde la mesita King Kong llamó a la Colo. Le habló al oído. Se levantó y se fue a la piecita que quedaba atrás de la máquina de música. Pablito seguía bailando solo porque el resto de las chicas se acomodaron en la barra. Por la puertita apareció Rubén. Serían las cinco de la tarde.

Ya habíamos terminado con Claudia cuando se escuchó un ruido fuerte en el techo. Como si hubiesen prendido una turbina y la hubiesen apagado al toque. No le di importancia. Volvimos al bar. Ya estaba el chaqueño. Vi a Pablito tirado en el sillón a lado de la mesita. “Poné algo de rock, negro” le gritó a King Kong. Puso dos monedas de un peso. Y buscó en las carpetas de rock. En un momento dejó de mirar la pantalla y nos miró a nosotros. Se reía y afirmaba. Empezó a sonar Almendra, “Color humano”. Continuaban los riffs. Las chicas pegaron un grito, “sacá eso che!!”. Con la mirada del chaqueño alcanzó. “Beso mares, de algodoooonn, sin mareas, suaves sonnn…”. Empezó a cantar el flaco por el parlante. King Kong reía mientras se acercaba a la mesita con nosotros. Hizo señas de que nos traigan dos birras.

A los pocos segundos volví a escuchar el ruido fuerte en el techo. No fui yo solo. Todos miraron para arriba. Rubén se levantó de su banqueta y caminó hacia la escalerita que da a la terraza. Todo el bar lo miraba. Revolvió en el bolsillo y sacó una llave. Abrió el candado que unido a una cadena cerraban la puertita de chapa. Después lo perdimos de vista. La puerta se cerró cuando terminó de pasar. Víctor  apareció con una cerveza más. Se sentó en la punta del sillón. “Como coge esta mina loco” dijo. Lo miramos. Pero no le dimos bola. Volvimos a mirar la puerta a ver si reaparecía Rubén.

Como el guardia no volvía, la Fabi nos pidió si podíamos asomarnos a ver que pasaba. Se levantó el chaqueño y atrás los demás. Forcejeamos con la puerta. Por fin, King Kong la dobló toda y pudo abrirla. Subimos al techo. Una estructura metálica del tamaño de una camioneta, circular y con algunas luces, se apoyaba sobre la loza. “Es un plato volador, boludo” dijo Pablo casi asfixiado. Me toqué los ojos. Pensé en todo lo que habíamos tomado. Estamos flasheando mal la putamadre, pensé. Pero no. Salvo que a los tres nos pegue de la misma forma. Imposible. La estructura seguía ahí. Silenciosa. No había ni señales de Rubén. “No toquemos nada che” dijo King Kong. Habló. Si. La situación lo ameritaba.

Bajamos Pablo y yo. Le dijimos a Victor que cierre la puerta del cabaret. Que no entre nadie. Y que tampoco se vayan. Ya estaba oscureciendo. Fueron subiendo a mirar el platillo volador. Volvían con caras de no poder creerlo. De Ruben ni noticias. Pero la nave tampoco se abría ni emitía ningún sonido. Apagamos la música. Esperamos. Tirados en el sillón. No se que esperábamos. Estábamos inmóviles. A mí me empezó a agarrar sueño. Se ve que a varios también. Bostezaban. Subían. Miraban la nave. Acercaban la oreja y golpeaban a ver si adentro contestaba alguien o algo. Volvían a bajar frustrados. “Ya fue” dijo Pablito. “Debe ser una joda de Rubén, che. Habrá salido por la casa que da al lado del local. Seguro vuelve. Me duermo, loco. Traeme una birra fabi”. Se levantó y fue a la máquina de la música. Puso dos monedas. Eligió uno de los Redondos. King Kong lo miraba serio desde el sillón. Para mí que desconfiaba. Pero el negro era manso. Se quedó callado. Fabiana trajo tres birras. Claudia se me sentó encima. Victor se puso a armar otro porro. Me puse al palo otra vez. Nos fuimos con Claudia para el lado de los cuartos.  King Kong se fue también con la Colo para la pieza de atrás de la rockola. Llevé una birra que fui tomando por el pasillo. Pablo bailaba de nuevo con los brazos abiertos en el centro del bar.

Se abrió la puerta que daba a la terraza. Los que estaban en el sillón se pararon de golpe. Yo estaba en la barra tomando un tequila. A la birra a esta altura de la noche ya no le siento el gusto. Miré hacia donde miraban todos. Debe ser Rubén. Se aburrió de la broma, pensé. Una luz de tonos verdosos empezó a colarse desde la puerta. Apuré el tequila. Pablo seguía bailando. Miré a Victor. Estaba de pie. Observaban la puerta. Y las luces. Ahí se aparecieron. Dos figuras de un metro ochenta de alto aproximadamente. Cabezonas. Con ojos grandes y estirados. Las luces le refulgían del cuerpo. Uno tenía a Rubén con una correa. Encadenado del cuello. Era su rehén. Los dos llevaban una lanza cada uno. O algo parecido que en su punta tenía dos anillos. Nos quedamos helados. Pablito dejó de bailar. Las chicas empezaron a gritar y correr para los cuartos. Uno de los extraterrestres levantó su lanza. Apuntó al sillón. Y disparó una ráfaga de luces. Por suerte lo hizo mal. El sillón explotó. Victor salió volando por el aire. Cayó al suelo. Se movía. Me asusté. Los extraterrestres avanzaron unos pasos y volvieron a apuntar. Corrimos para el lado de la puerta de entrada con Pablo y nos pudimos cubrir de otro disparo de luces. La barra saltó en pedazos. Se nos venían encima. Rubén estaba todo mojado. Se vé que se meó. Ya los teníamos adelante nuestro. Apuntaron los dos juntos. Cerré los ojos para despedirme de todo. Le agarré el brazo a Pablo. Instintivamente busqué la presencia de un amigo en el final. Pero el disparo no salió. Sentí un golpe seco y otro más. Al lado mío el cuerpo de un alien desplomado. King Kong tenía agarrado al otro por detrás. El extraterrestre despedía luces intermitentes. Parecía desesperado. El chaqueño gritaba. “Pegale una trompada al hijo de puta este!! dale boludo!!”. Lo cagamos a piñas con Pablo. Le sacamos la lanza y se la partimos en la zona de las costillas. Cayó desmayado. Después el chaqueño buscó dos sillas. Volvieron todos. Rubén quedó liberado pero con la correa colgando. Victor dijo que en el auto había unos precintos que se llevó de la fábrica. Bajé con pablito. La Fabiana me alcanzó la llave de la puerta. Salimos. Afuera ya era de noche. Algunas estrellas se podían ver entre los cables de luz. Abrimos el baúl de la Chevy. Revolví entre unas camisas de grafa viejas que oficiaban de trapos. Encontré una bolsa de una casa de deporte con unos guantes de gomero y los precintos. Agarré todos los que pude. Volvimos a subir. Antes cerramos la puerta del cabaret con llave.

King Kong sujetaba a uno de los exraterrestres en la silla mientras Victor les ponía los precintos. Muñecas y tobillos. El otro lo sostenía Rubén y Pablo sujetaba. Una vez terminada la tarea los observamos un momento a cierta distancia. Movían las cabezas suavemente de un lado a otro. Rendidos. Las luces del cuerpo se les debilitaron hasta extinguirse.

-Estos hijos de puta me cagaron a trompadas y me querían coger me parece- dijo Rubén.
-Pensamos que nos estabas haciendo una joda.
-Cuando subí vi la nave abierta, entré y uno de estos me embocó. Después me sacaron la ropa. Y me dormí. Aparecí encadenado así como me ven.
-Bueno che, andá y cambiate que tenés un olor a meo bárbaro. ¿Qué van a hacer con estas cosas?- preguntó la Fabiana- acá hay que seguir laburando, ya va a empezar a caer la gente y hay que hacer plata.
-Dame otra birra Fabi- pidió Victor- ahora terminamos con estos bichos.

El chaqueño se acercó despacito a la cara de uno de los extraterrestres. Pablo había armado otro porro. Se lo pasó a King Kong. Con Víctor mirábamos desde la barra. El chaqueño le dio una seca y lo pasó. Se refregó. Le levantó la cabeza al alien con una mano. La otra se la introdujo en uno de los ojos. Tironeó un poco. El ojo salió completo con un manojo de algo parecido a las venas. Después hizo lo mismo con el ojo restante. El extraterrestre emitía sonidos extraños. Todos nos cagabamos de risa. La mano de King Kong estaba cubierta de una especie de plasma. Se limpió un poco en el pantalón y me pidió la cerveza. Le dio un trago largo. Iba a empezar con el otro. Pablo lo detuvo. Le puso la mano en el pecho. “Este es mío” le dijo. Le miré los pantalones. Pablito estaba al taco. “Ayudame negro” le ordenó a King Kong. “Llevámelo a la pieza”. El bruto lo cargó con silla y todo y se fueron los tres a un cuarto. Nos acercamos con Víctor para mirar. Lo sacaron de la silla y lo ataron en cuatro patas a la cama. Como el otro, este alien emitía sonidos débiles. Pablo peló. “Déjenme solo, loco”. Nos fuimos al bar. Pablito se abrochó al extraterrestre.

-Listo negro, hace lo que quieras- dijo Pablo volviendo de la habitación. Traía la cara alegre. King Kong fue y volvió con la cabeza del bicho en la mano. La pateó. Volvimos a reírnos. Después juntamos los cuerpos en bolsas de residuos y los sacamos a la calle. Fuimos a ver la nave a la terraza.  Entramos. No era muy grande. Muchos botones. “Si me la dejan la vendo por partes acá en la zona” dijo Rubén. La Fabiana no tenía drama. Nosotros tampoco. Así que bajamos otra vez al bar.
-Bueno, ponete una cumbia- me indicó la Colo.
Puse un disco de Damas Gratis. Bailamos y tomamos un buen rato. Cuando empezó a caer la gente nos fuimos.
-¿Podés manejar Víctor?- le pregunté- teníamos un pedo histórico.
-Si si, mamado soy Nigel Mansell. Manejo mejor escabio.
Subimos los cuatro. Víctor arrancó el auto. Aceleró.  Prendí el estéreo.
Continuaba Almendra. “Somos seres humanos sin saber lo que es hoy ser humaaanooo”. Cantaba el Flaco. Pablo sacó la cabeza por la ventanilla y cantó, también, a los gritos. King Kong movía la cabeza. El ritmo le gustaba.