lunes, 28 de mayo de 2012

Padrenuestro


Agarrá
               teclado y  pantalla.
Lapiz y bloc
manoteados, que sean tuyos.
               Abrazate
al ensayo o la prosa.
Escribi y santigüate.
Con nudo y desenlace.
La poesía es para suicidas.

jueves, 17 de mayo de 2012

Organismo


A comienzos de la semana fue que empezó a hablarme. Yo iba camino al vestuario cuando sentí un cosquilleo y después el saludo
Eu, Dani!
Pensé que me llamaba un compañero, miré alrededor y cerca no había nadie. Comprobé que la voz venía de mi rodilla derecha.
Eu, che, si acá! sí, soy yo, tu rodilla.
Con sorpresa, entablé un diálogo.
Ah, hola. ¿Qué haces hablándome?
Siempre lo intenté pero vos no me escuchás, igual que a tu novia, ja.
Sentí que me invadían.
Ehhh, ¿qué querés? decilo rápido que me tengo que ir.
Nada, conversar un rato, no seas malo, conocernos.
A partir de ahí no paramos de hablar. Tenía talento para contar chistes y aparte se sabía todos los chusmeríos del equipo. La pasé bien esos días.
El viernes todo cambió.
Tengo algo para decirte
A ver
Soy hincha de Chicago.
¿Eh?
Si, soy hincha del torito de Mataderos.
No te puedo creer, ¡hice ocho años de inferiores en Vélez, soy hincha de Vélez, y viene una parte de mi cuerpo a decirme que ella es de Chicago!
Y bueno, ya soy mayor, ahora me animo a decírtelo. Y no quieras saber de qué club es el estómago, con el que hablo seguido. Igual, es lo de menos, lo que quería decirte es que este domingo no la voy a dejar pasar. Digo, siempre me la banqué y te di una mano aún sufriendo por dentro, pero ahora estamos jodidos con el descenso.
¿Qué me estás diciendo?
Que este domingo en el clásico no cuentes conmigo.
Te mato. Así. De una.
Dejamos de hablarnos hasta el partido. No creía que mi rodilla podía traicionarme, así que entré confiado. Salí de titular. En el arranque quise parar la pelota con la pierna derecha y la rodilla hizo una pirueta, la pelota se me fue por abajo, la perdí. La miré de reojo. Esta no me puede arruinar el partido, pensé. Me tiraron una pelota al vacío, ya la estaba por controlar, caí dando tres o cuatro vueltas en el pasto. Me raspé todo. Un compañero me ayudó a levantarme. Habían cobrado tiro libre, por error, claro, no podían ver que era la turra de mi rodilla la que en realidad me hacía la vida imposible.
¿Lo pateas? – preguntó el árbitro-
No, gracias.
Me iba con los defensores. El técnico gritó.
¡Daniel! ¡Patéalo vos! ¿Qué estás haciendo? ¡Anda delante de la pelota!
No me quedó otra. Me paré como para pegarle al arco, directo. Les veía la camiseta a la barrera bien de frente. Que bronca les tengo. Empezó otra vez.
¡Qué colores!
¡Callate o te cago a trompadas!
Pero mirá que combinación, verde y negro, ¡que belleza! mirá, en la barrera está Carranza ¡Cesar! ¡Regalame la casaca!
 Lo único que te digo es que termina el partido y me corto la pierna si no hacés silencio
Flaco ¿estás bien?- me dijo Carranza, desde la barrera-
Si, si, nada, hablo solo nomás.
Tomé carrera.  El árbitro dio la orden. Pateé. Ni se a donde fue a parar la pelota. Creo que al lateral. Yo, obviamente, rodé en el suelo. La gente murmuraba. Quedé ahí tirado. Simulé una lesión, no podía comprometer al equipo. Me agarré la rodilla izquierda,  no sea cosa de que la otra empiece a los gritos. Le hice la seña al técnico de que no podía seguir. Desde el piso volvió a hablarme.
Ah! te acobardás!
No tenés vergüenza, no me podés hacer esto.
¡A llorar a la iglesia!
Me hizo enojar en serio.
¡¡Cerraelojete!! –le dije a mi rodilla-
El tuyo -me contestó ella, no sin razón.
Me senté en el banco de suplentes. Puteaba. Los demás relevos se habían ido a entrar en calor. Le pedí al médico que me ponga hielo en la rodilla. Ni bien se alejó un poco cambié la compresión a la derecha.  
¡Ayyyy! ¡Está frio che!
¡Sufrí cornuda!
¡Para! ¡No es para tanto! ¡Es un partido de futbol nomás! ¡paraaa!
Ah, ¿viste? aprendé a callarte y aflojo.
¡Me callo! ¡Me callo! ¡Te lo juro!
No te creo ni medio nena, juralo por Chicago.
Daniel, ¿con quién hablas? –preguntó el técnico-
Con nadie Alberto, con nadie.
¿Seguro? me pareció que decías algo. ¡Parala Jorge¡ ¡parala y después jugás! ¡Rápido!
Dudé ¿y si le cuento? capaz que el también la escucha y me puede ayudar, el viejo este tiene experiencia, tiene calle.
Mire Alberto, la que me habla es esta –la señalé- Hablale a Alberto che, dale.
La rodilla estaba inmutada. Alberto me miraba con los ojos abiertos al límite.
Ah, vos estás mal en serio Dani.
Pasaron unos segundos. Listo. Estoy en el horno, pensé.
No señor, tiene razón. Yo le hablo.
El técnico le dio definitivamente la espada a la cancha. Se acercó hasta donde yo estaba.
No lo puedo creer. ¿Vos no estarás agarrándome para la joda en medio del partido Daniel?
No, señor, soy yo, la rodilla de este gil. A propósito, como te asustaste cuando me quedé callada danielito – se rió, yo estaba en silencio, con la pierna extendida-
Esto es un hallazgo Daniel o nos estamos volviendo locos, decime que me estas jodiendo- dijo Alberto, alarmado.
Andá y mirá el partido antes de mirarme a mi –le dijo ella- te están entrando por el lateral derecho, y si, también con el burro que pusiste. ¡Vamos torito viejo nomás!
Alberto estaba paralizado. Después de unos segundos reaccionó. Pestañeó volviendo en sí.
Ah, encima maleducada. Me viene a dar indicaciones y para colmo hincha de Chicago –la señalaba, inclinado, moviendo el dedo de arriba abajo; de vez en cuando miraba el partido por atrás del hombro, Chicago dominaba.
Ahora no te puedo atender, después vamos a hablar vos y yo.
¿Me estás amenazando? ¿Por qué no reconoces que el cuatro es un desastre y listo?  ¡Ya hace rato que tendrías que haber renunciado! ¡Ahí va, dale, dale! ¡Gol! ¡Golazo! ¡Vamos Chicago todavía!
Daniel, ahogala, hacé algo, cortate la pierna, no sé, algo, ¡rápido! –me ordenó Alberto mientras los de Mataderos festejaban su primer gol.
La volví a presionar con el hielo y me apliqué el vendaje. Se escucharon unos quejidos durante unos segundos. Después quedó en silencio. No sé si la asfixié o qué pero no habló más.

            Pasó el partido. Por suerte lo dimos vuelta. Ganamos.  En el túnel Alberto me separó.
¿Y? ¿Se quedó callada?
Le conté el episodio de la asfixia. Me agarró de un hombro y acercó su cara.
Mirá Daniel, que esto quede entre vos y yo. Hagamos de cuenta que no pasó nada. Olvidate. Ya está. Eh ¿Cuento con vos?
Si, profe, quédese tranquilo.
Y se fue. Hizo un trotecito para agruparse con los demás. Yo me rezagué un poco.
La rodilla, en el resto de los días, confirmó el silencio o al menos yo no la escucho.  Mejor ni preguntarle. Empecé a preocuparme. Mirá si la maté realmente. Bueno, en ese caso tendría que, al menos, hacerle un velorio digno. Mejor no, a ver si la despierto y empieza de nuevo.  Pero no puedo dejarla así, no me cuesta nada unas horas de ritual como para cumplirle por todos los años que me acompañó calladita.
El miércoles a la noche, o sea ayer, preparé todo. Hice, con cartón, un ataúd en miniatura que forré con papel afiche marrón. Quedó lindo. Me senté el sillón del living, justo la pared de atrás tiene un crucifijo colgado que me viene diez puntos. Trabé el cajoncito en la rodilla. Eran las tres de la tarde, seis horas tiene que estar bien, tampoco es un ser humano, así que hasta las nueve me iba a quedar ahí haciéndole el velorio. Me acordé del técnico. Tendría que llamarlo. Agarré el celular.
Profe?
Quién habla, ¿Daniel?
Si, si
¿Qué hacés? ¿Qué pasó? decime.
 Nada profe, quería invitarlo al velorio
¿Eh? ¿Qué pasó dani? ¿Algo con la familia?
No se preocupe, no es nadie de mi familia, están todos bien. Es por la rodilla.
¿Qué decís? ¿La rodilla?
Y, que quiere que le diga, no me parece correcto que la deje así tirada, desde el domingo que no habla y si la maté, tengo el deber de hacerle este pequeño homenaje, no puedo ser tan ingrato. No sé qué opinión le merece, pero pensé que, como vivenció algunos momentos con ella, capaz que le interesaba darse una vuelta, sin compromiso, obvio.
Pero vos estas para el manicomio Daniel, no, en serio, vos estás mal, ya te lo dije. Mirá que me voy a ir hasta tu casa para velar a la boluda de tu rodilla que de un día para el otro se le ocurrió hablar y además tirarnos en contra. Ni en pedo, Daniel, ni en pedo. Y dejate de joder con eso. Sacatelo de la cabeza. Haceme caso. Chau.
Alberto me cortó el teléfono. Tenía sus razones. Lo entiendo. Así que me quedé solo con mi rodilla, el crucifijo y el ataúd. Esperé un par de horas sin hacer nada, la pierna estirada en el sillón con el ataúd encastrado. Siete y media sonó el timbre. Acomodé el cajoncito en la mesita del living. Me acerqué al portero.
¿Quién es?
Alberto, Dani, Alberto
Le abrí. Subimos.
Después de que me hablaste no pude dejar de pensar. Tenés razón. Hasta qué hora es la ceremonia.
Hasta las nueve.
Nos quedamos los dos en silencio un rato. Después conversamos. Del tiempo. De la familia. Un poco de futbol. Del país. Alberto hizo café. Se quedó hasta las nueve y media. Le dio un beso a la rodilla y se fue. Lo vi compungido. Yo me levanté. Enterré el ataúd en la maceta del balcón. Fui al baño, me pasé espadol en la rodilla. Agarré el teléfono y pedí una pizza chica. No tenía mucha hambre. Los velorios me cierran el estómago. A las doce ya estaba en la cama. Antes de dormirme pensé en la finada. Debo reconocer que tenía esperanzas de que estuviese catatónica. Se ve que no. Apagué la luz del velador.
           Hoy entrenamos. Me estoy bañando. Recién sentí una puntadita a la altura del ombligo.
¡Euu! ¡Che! ¡maestro!
El domingo que viene definimos el campeonato con Independiente.


Cazadores


Hoy la caza fue mala. Tres bolivianos es poca cosecha por día. Liniers es un hervidero. Pero ahora se ve que han aprendido algunos trucos. Claro, es la evolución. Se van haciendo más astutos, se escabullen. Aprenden de la experiencia. Pude agarrar a tres. Cerca de Timoteo Gordillo y la vía. Quedaron enganchados en la red. Por suerte me alcanzó la carnada. Aunque cada vez se me hace más difícil. La carne se pone más cara y no da para comprar un corte interesante y agarrar a los más grandes. Así que los tiento con osobuco y recortes. A veces con menudo de pollo. Ahí es cuando engancho chiquitos, que apenas me sirven para cambiarlos por balas, alguna entrada para el cine, poca cosa.  Con lo que no dejan de picar es con vino barato. Si les pongo una cajita de tetra, seguro me llevo algún ejemplar importante. Lo que pasa es que los de las bodegas no están entregando. Esos también se avivaron. Te cobran un Talacasto como si fuera un Rutini. 
                                                                                                                        

miércoles, 9 de mayo de 2012

Las huellas (segunda versión)



Va otra versión de este cuento que quiero ir cerrando. Por ahora me tiene conforme. Vamos a ver que pasa. Los cuentos tienen movimiento y pegan gritos, llantos-evidencias, cuando les nace una nueva vida, una nueva posibilidad de expandirse.





La Vieja dormía. En su cara se notaba cómo le ardía la fiebre. Su marido, El Hombre, ponía constantemente paños húmedos en la frente de la mujer. Alrededor de la cama, la acompañaban él y los mayores del pueblo. Además estábamos Pablo y yo. Se despertó. Confundida, nos miró a todos.
¿Dónde está Pablo que no llego a verlo?, preguntó.
Acá estoy Vieja, esperando.
¿Y qué esperás?
Que usted se levante, que usted se recupere, señora.
Esperas bien entonces, ya me voy a levantar de esta cama y todo va a seguir igual que siempre, señaló la mujer acomodándose.
Igualmente- dijo Pablo, atrevido- opino que deberíamos tomar por peligrosas las señales que  llegan por atrás del Límite.
La Vieja se acomodó.
No, pablito, te equivocas y mucho. Por eso pregunté por vos, yo imaginaba, yo sabía que estabas abalanzándote, por algo son jóvenes; contestó La Vieja.  Alcanzame por favor ese otro paño frio.
Pablo le estiró su mano izquierda a El Hombre, quien le alcanzó un paño todo mojado que Pablo escurrió un poco. Se acercó a la cama.
Este tema, querido, lo sigo controlando; aun con este resfrío puedo mantener a raya a los Esclarecidos. No hay que preocuparse tanto. Deben haber notado que la Niebla, como yo, se debilitó un poco, por eso se exaltan. Pero aún así no pueden cruzar, hay que ser pacientes, Pablo.
Después de hablar, La Vieja despegó un poco su cabeza de la cama. Pablo le colocó el pañuelo.
Señora, lo tengo que decir, yo la respeto pero tengo que manifestar no solo mi interés sino el de todos los jóvenes del pueblo, que están hartados de vivir con  una amenaza que no les deja posibilidades más allá del Límite del bosque.
Pablo me miró. La Vieja cerró los ojos.
¿Hablás por todos Pablito? ¿Seguro? ¿O solo por vos?- le contestó- Uno a veces cree estar hablando por los demás, pero en realidad son los propios temores lo que manifestamos. No te culpo, le pasa a cualquiera.
Yo iba a decir algo, cuando El Hombre  interrumpió.
Si la respetás entonces hacé el silencio que corresponde a gente de tu edad.
Pablo ocultó su bronca mirándose los pies en ademán de comprender. Salimos de la habitación, previo permiso y disculpas. La Vieja desde la cama movió levemente la cabeza.

Esa noche, Pablo organizó una reunión en la orilla sur del Límite, donde empezaba el bosque. Asistimos todos los jóvenes, sigilosamente. Los mayores no tenían que saber nada.
La vieja está muy enferma, no le queda mucho y con ella también la Niebla y nosotros, dijo. Hubo murmullos. Algunos negaban con la cabeza.
Me parece  que no habría que apurarse así, Pablo.
No me apuro, es la verdad. La fiebre no para y sin La Vieja, bueno, ya sabemos que pasaría sin ella.
Eso es apresurado, insistió el primero, hay que esperar. La Vieja nunca erra.
¿Y cuanto vamos a estar esperando? ¿Hasta que crucen el bosque y violen a las mujeres? Y la verdad que ya estoy harto con esas historias. Yo no creo que sea para tanto.
Hubo silencio.
No, no me parece.
Que no te parezca. Hay que ir de una vez y terminar con el miedo que nos inculcaron  toda la vida.
Somos pocos, Juan. Le dije, interviniendo en lo que ya era un careo.
Bueno, sí. Ahí tenés razón -me miró- pero de última ¿no tienen ganas de dejar de pegarnos con palos entre nosotros y traspasar de una buena vez un cuerpo real? La Vieja, si ganamos, va a estar orgullosa. Además ¿Quién no quiere conocer que hay atrás del Hechizo?
 Hablaba bien, tenía lenguaje de líder. Acentuaba con las manos. Nos convenció a todos. Efusivos, juramos volver con las manos llenas de sangre Esclarecida.

Antes del amanecer marchamos, nos metimos en el bosque. Teníamos que ser rápidos. Los mayores se iban a dar cuenta ni bien salga el sol y la alarma podría generar pánico y desastre. Si todo iba bien, al mediodía teníamos que traernos la victoria.
Nos juntamos en las cercanías de la Niebla. Pablo ordenó las filas, me pidió que vaya con la retaguardia. Empezamos a atravesar el hechizo con cuidado, silencio y en posición de combate. No se veía nada más allá de las propias manos. Seis filas de ocho personas. Pablo adelante, yo con los últimos.
El blanco espeso se hizo más cálido y espacioso. Marchábamos con las armas apuntando al frente. Después de un rato, terminamos de cruzar. Estábamos del otro lado. Fue fácil. El cielo era gris y rosado. Me di cuenta de que el tiempo acá era igual que en el pueblo. Amanecía tanto como donde estaban los nuestros.
Vimos una colina. Fuimos hacia ella y nos pusimos a resguardo.
Asomate, me indicó Pablo.
Había algunas chozas y humo que salía desde un fogón. La Aldea de los Esclarecidos, si es que eso lo era, parecía todavía dormida o desierta.
Es ahora –dijo-  están dormidos.
Yo dudaba. Desde la escuela nos atemorizaban con la bravura de los Esclarecidos. No me resultaba creíble que dejen sin custodia en ningún momento su aldea. Igualmente acaté las órdenes.
Nos erguimos, levantamos las armas. Gritamos. Poseídos, avanzamos corriendo y en bloque. Bajamos al otro lado de la colina, Pablo lideraba las filas. Nos acercábamos a la Aldea. Nadie salía. Atrás de las chozas se podía ver un enorme montículo de paja que se movía levemente. Cuando estuvimos frente a las viviendas, el montículo se vino abajo. Por entre la paja apareció un grupo de hombres embadurnados con barro en la cara, respetando viejos rituales de guerra. También gritaron y también se abalanzaron. Nos estaban esperando. Algún ruido que hicimos, algo, nos delató. Me sorprendí nuevamente: los Esclarecidos eran iguales a nosotros. Toda la vida me los imaginé monstruosos. Y acá estaban iguales a mí y mis compañeros solo que más grandes, con más batallas curtiendo sus caras.
 Golpeaban sin parar. Eran fuertes. Intentaron acorralarnos contra la caída de la colina. Resistimos. Totalmente endemoniados avanzamos sobre ellos. Espada y escudo. Aunque cayeron varios de los nuestros, finalmente los masacramos. Festejamos con nuevos alaridos. Pablo dio la orden de mutilar a los Esclarecidos y quemar su aldea. Cuchillo en mano fuimos despojando los cuerpos de las cabezas inútilmente maquilladas con barro. Reíamos como demonios y cantábamos a los gritos mientras realizábamos la faena. 
Más allá de las últimas chozas, desde donde vuelve a comenzar el bosque, un grupo de unos veinte, avanzaba hacia nosotros. Volví en sí. Miré a la tropa. Me di cuenta de que éramos muy pocos para aguantar otro embate. Grité a Pablo para organizar una retirada urgente. No pude verlo. Me hice cargo de la situación. Di la orden. Todos retomaron la conciencia. Escapamos. A Pablo no lo vi más.
Mientras huía pensé en La Vieja. Corrí desesperado hasta meterme en la Niebla. Me alegró otra vez saber que solo los del Pueblo teníamos el instinto para traspasar el hechizo. Eso nos diferencia de los Esclarecidos, pensé. Hicimos una trinchera. En silencio. Realizamos un recuento de los que quedábamos en pie. Pocos. Muy pocos.
¿Alguno vio a Pablo?, pregunté.
Nadie respondió. No se sabía si había logrado escapar, fue masacrado o hecho prisionero. Tuve la impresión de que la mayoría del grupo creía en una posible traición. Nadie contestó. Un amputado gimió profundamente. Todos quedamos mirando como respiraba por última vez con los ojos abiertos, la espalda apoyada contra la tierra.
Acordamos volver al pueblo. Teníamos que regresar. No llegábamos a ser veinte. Pusimos la rodilla en el suelo húmedo y salimos. La última fila llevaba el cuerpo del muerto.  Nos amoldábamos a la velocidad de los heridos.
Hicimos un buen rato de marcha. La luz debería terminar atrás nuestro cuando lleguemos. El sol fue rotando. Por último desapareció, se hundió en la parte más espesa. Seguimos caminando. La oscuridad nos asustó, ahora la niebla era un manto negro cayendo sobre la escuadrilla. Nos perdimos en el hechizo. Me acordé de las historias acerca de nuestro instinto para atravesarlo. Toda la furia que tuvimos se nos extinguió de golpe. Juro que escuche llorar. Temblé. De frío y miedo.


La luz empezó a aparecer por fin. Vimos un árbol, exactamente un álamo que extendía sus raíces hacia adelante, donde otro las esperaba. Las seguimos. Vimos un arbusto y otro más. En unos minutos de caminata quedamos rodeados de bosque visible. Con claridad, distinguí la tierra sobre la que andábamos. Reconocí huellas. Son nuestras, me dije. Ahí estaban, en filas, dieciséis pisadas que avanzaban sobre el terreno. Anuncié lo que era ya una novedad, grité que estábamos cerca. Caminamos un poco más. Volví a mirar las huellas. Me llegó un gusto acido en la boca, señal de que me invadía el miedo. Otras, paralelas a las nuestras, disimuladas y suaves, aparecieron en el suelo barroso. No dije nada, aunque todos ya se habían dado cuenta. Seguimos avanzando. Las huellas se multiplicaban, ya no eran pares de ocho. Llegamos al Límite del bosque.
Nos acercamos corriendo. En el otro extremo del pueblo un grupo de hombres  apuraba una huida hacia el bosque. Perdimos el orden. Los heridos y los que llevaban al muerto, quedaron rezagados. El panorama era desértico. Al igual que en la aldea de los Esclarecidos, el humo se esparcía e intoxicaba el aire. Pero no era humo de fogón. Las casas quemadas terminaban de caerse frente a nosotros. Todo estaba destruido. Las huellas, pensé, las huellas. Me separé del grupo. Corrí más. Me acerqué a lo que fue la casa de La Vieja. Todavía conservaba su estructura. Entré. Corrí la lona que colgaba en la puerta. Había un olor terrible y  nada de luz. Tantee donde imaginaba que estaban las velas. Encontré un candelabro. Volví a salir de la habitación y prendí la vela con un pedazo de mampostería ardiendo, entonces entré nuevamente a la casa. La luz del candelabro se expandió en el cuarto. Sentí el acido en mi boca. Pude ver, apiladas, decenas de cabezas. Reconocí a El Hombre y a los mayores. Encima de todas, coronando la montaña, la cabeza perteneciente a La Vieja. Sus ojos vacios y sin vida me acusaban desde arriba.

viernes, 13 de abril de 2012

Las Huellas.

La Vieja dormía enferma. En su cara se notaba cómo le ardía la fiebre. Su marido, El Hombre, ponía constantemente paños húmedos en la frente de la mujer. Alrededor de la cama donde yacía, la acompañaban él y los mayores del pueblo. Además estábamos Pablo y yo en representación de los mas jóvenes. De repente se despertó. Confundida, nos miró a todos.
¿Dónde está Pablo que no llego a verlo?, preguntó la Vieja.
Acá estoy Vieja, esperando.
¿Y qué esperás?
Que usted se levante, que usted se recupere, señora.
Esperas bien entonces, ya me voy a levantar de esta cama y todo va a seguir igual que siempre, señaló la mujer acomodándose.
Igualmente- dijo Pablo, atrevido- opino que deberíamos tomar por peligrosas las señales que están llegando más allá del Límite.
La Vieja se acomodó.
No, pablito, te equivocas y mucho. Por eso pregunté por vos, yo sabía, yo sabía que estabas abalanzándote, por algo son jóvenes; contestó La Vieja.  Alcanzame por favor ese otro paño frio.
Pablo le estiró su mano izquierda a El Hombre, este le alcanzó un paño todo mojado que Pablo escurrió un poco. Se acercó a la cama.
Este tema, querido, lo sigo controlando; aun con este resfrío puedo mantener a raya a los Esclarecidos. No hay que preocuparse tanto. Deben haber notado que la Niebla, como yo, se debilitó un poco, por eso se exaltan. Pero aún así no pueden cruzar el Límite.
Después de hablar, La Vieja inclinó un poco hacia adelante su cabeza. Juan le colocó el pañuelo.
Señora, lo tengo que decir, yo la respeto pero tengo que manifestar no solo mi interés sino el de todos los jóvenes del pueblo, que están hartados ya de tener que vivir con  una amenaza que no les deja posibilidades más allá del Límite del bosque. Pablo me miró. La Vieja cerró los ojos.
Si la respetás entonces hacé el silencio que corresponde a gente de tu edad, reprimió El Hombre.
Pablo ocultó su bronca mirándose los pies en ademán de comprender. Salimos de la habitación, previo permiso y disculpas. La Vieja desde la cama movió levemente la cabeza.

Hacía décadas que el pueblo era protegido de la amenaza de los Esclarecidos por la Niebla, el hechizo que La Vieja sostenía con su presencia física. Los Esclarecidos, según Los Mayores, eran una civilización que vivía con la única finalidad de destruirnos.  Nos enseñaron que los hostiles nos acusaban de salvajes, aunque los verdaderos barbaros eran ellos. La Niebla los confundía. Les imposibilitaba acercarse. El Pueblo por esta razón se agrupaba en torno a La Vieja con devoción. Nosotros también. Desde niños escuchamos historias de Esclarecidos sanguinarios y del valor de La Vieja y El Hombre. Solo que en los últimos meses, desde que La Vieja enfermó, en el pueblo se empezó a escuchar con frecuencia lo que conocíamos como “gritos de guerra” de los hostiles que habitaban el otro lado del bosque. Algunos queríamos hacer un ataque de improviso que genere verdadero daño y termine de una vez con la amenaza. La Vieja nos lo prohibía.
Esa noche, Pablo organizó una reunión en la orilla sur del Límite, donde empezaba el bosque y la niebla. Asistimos todos los jóvenes, sigilosamente. Los mayores no tenían que saber nada.
La vieja está muy enferma, no le queda mucho y con ella también la Niebla y nosotros, dijo Pablo. Hubo murmullos. Algunos negaban con la cabeza.
Me parece  que no habría que apurarse así, Pablo.
No me apuro, es la verdad. La fiebre no para y sin La Vieja, bueno, ya sabemos que pasaría sin ella.
Eso es apresurado, insistió el primero, hay que esperar. La Vieja nunca erra.
¿Y cuanto vamos a estar esperando? ¿Hasta que los Esclarecidos crucen el bosque y violen a las mujeres del Pueblo? Hay que atacar, dijo Pablo. Hubo silencio.
No, no me parece.
Que no te parezca. Hay que ir de una vez y terminar con el miedo que tenemos todos desde que jugábamos en este rincón cuando éramos chicos, con el miedo  que tenemos cada uno desde que nos acordamos de ser alguien.
Somos pocos, Juan. Le dije, interviniendo en lo que ya era un careo.
Bueno, sí. Ahí tenés razón-me miró- Pero los Mayores dicen  todo el tiempo que somos jóvenes y fuertes. Todos manejamos armas. Aparte ¿no tienen ganas de dejar de pegarnos con palos entre nosotros y traspasar de una buena vez un cuerpo real? La Vieja, si vamos y ganamos, va a estar orgullosa; y todo el pueblo lo mismo. Y vamos a poder liberarnos de esa niebla que nos defiende a costa de privarnos y aislarnos de todo. ¿Quién no quiere conocer que hay atrás del Hechizo?
 Pablo hablaba bien, tenía lenguaje de líder. Acentuaba con las manos. Nos convenció a todos. Efusivos, juramos volver con las manos llenas de sangre Esclarecida.

Antes del amanecer marchamos, nos metimos en el bosque. Teníamos que ser rápidos. Los mayores se iban a dar cuenta ni bien salga el sol y la alarma podría generar pánico y desastre. Si todo iba bien, al mediodía teníamos que volver con la victoria.
Llegamos a las cercanías de la Niebla. Pablo ordenó las filas, me pidió que vaya con la retaguardia. No éramos muchos, pero íbamos más que confiados. Empezamos a atravesar el hechizo con cuidado, silencio y en posición de combate. No se veía nada más allá de las propias manos. Seis filas de ocho personas. Pablo adelante, yo con los últimos.
El blanco espeso se hizo más cálido y espacioso. Marchábamos con las armas apuntando hacia adelante. Después de un rato de caminar, terminamos de cruzar la niebla. Estábamos del otro lado del hechizo. Fue fácil. El cielo era gris y rosado. Me di cuenta de que el tiempo acá era igual que en el Pueblo. Amanecía tanto como donde estaban los nuestros.
Vimos una colina. Fuimos hacia ella y nos pusimos a resguardo.
Asomate, me indicó Pablo.
Había algunas chozas y humo que salía desde un fogón. La Aldea de los Esclarecidos, si es que eso lo era, parecía todavía dormida o desierta.
Es ahora, dijo Pablo, están dormidos.
Yo dudaba. Desde la escuela nos atemorizaban con la bravura de los Esclarecidos. No me resultaba creíble que dejen sin custodia en ningún momento su aldea. Igualmente acaté las órdenes.
Nos erguimos, levantamos las espadas y los escudos. Gritamos. Poseídos, avanzamos corriendo y en bloque. Éramos una madeja extraña de excitación y alaridos armados. Bajamos al otro lado de la colina, Pablo lideraba las filas. Nos acercábamos a la Aldea. Nadie salía. Atrás de las chozas se podía ver un enorme montículo de paja que se movía como acariciada por la brisa. Cuando estuvimos frente a las chozas, el montículo se vino abajo. Por entre la paja apareció un grupo de unos cincuenta guerreros. También gritaron y también se abalanzaron. Nos estaban esperando. Algún ruido que hicimos mientras cruzábamos la Niebla, algo, nos delató. Me sorprendí nuevamente: los Esclarecidos eran iguales a nosotros. Toda la vida me los imaginé monstruosos. Y acá estaban iguales a mí y mis compañeros.
Empezó el combate. Golpeaban sin parar. Las historias eran ciertas. Apenas pudimos aguantar. Nos fueron acorralando contra la caída de la colina por la que habíamos bajado. Ahí nos masacraron. Algunos escapamos. A Pablo no lo vi más.
Mientras corría pensé en La Vieja. Que decepción. Me alivió pensar que todavía teníamos la protección de la Niebla a mano. Corrí desesperado hasta meterme en ella.
Antes de la batalla habíamos acordado un punto de reunión. Caminé ahogado dentro  del cúmulo blanco hasta llegar al lugar. Me alegró otra vez saber que solo los del Pueblo teníamos el instinto para traspasar el hechizo. Eso nos diferencia de los Esclarecidos, pensé. Que derrota enorme. Pude ver el punto de reunión en una parte donde la Niebla se hacía más liviana. Había compañeros amputados y heridos que esperaban gritando del dolor. Algunos conservaban sus palas. Así que los sanos hicimos una trinchera donde poder ocultar a los heridos y reorganizarnos antes de volver al Pueblo. Entonces cavamos. En silencio. Defraudados de nosotros mismos. Del plan, de Pablo y de mi.
Una vez hecho el refugio, acomodamos a los heridos y hablamos.
Que desastre.
Tengo vergüenza. La Vieja siempre tuvo razón.
¿Qué vamos a hacer con los muertos? quedaron allá en la colina.
Hay que dar aviso a los mayores y a La Vieja. Ellos van a saber cómo traer los cuerpos de regreso y enterrarlos. Nosotros deberíamos aceptar nuestro error, no servimos para nada. Hay que volver cuanto antes al Pueblo, estos heridos no dan para más; dije.
¿Alguno vio a Pablo?, pregunté.
Nadie respondió. Pablo había desaparecido, no se sabía si había logrado escapar o si fue hecho prisionero o que. Tuve la impresión de que el grupo en su mayoría creía en una posible traición. Nadie contestó.
Resultaron verdaderas las historias sobre los Esclarecidos; dijo uno ubicado enfrente mío.
Al final eran como nosotros, pero más fuertes; agregó.
¡Mil veces más fuertes que nosotros! somos una mierda andante, ya ni brazos nos quedan; contestó otro.
 Un amputado gimió profundamente; todos quedamos mirando como quedaba muerto con los ojos abiertos, la espalda apoyada contra la tierra. Se hizo otro momento de silencio.
Acordamos salir del refugio, volver al pueblo. Asumir la culpa y la responsabilidad por los caídos; había que regresar y curar a los heridos, no había tiempo. Por precaución formamos tres filas; una de sanos, una de amputados y una línea más, una retaguardia sana. No llegábamos a veinte pero nos organizamos. Pusimos la rodilla en el suelo húmedo y salimos. La niebla se aclaraba, caminábamos como podíamos hacia donde parecía llegar la luz. La última fila llevaba el cuerpo del amputado muerto.  Nos amoldábamos a la velocidad de los heridos.
Hicimos un buen rato de marcha, la luz seguía ahí enfrente pero la niebla no se disipaba más. Yo iba al frente, unos pasos por delante de la primera fila. Decidí  que fuéramos hacia la derecha, me acordé que en la ida tuve el sol por la espalda y a medida que amanecía la luz se posaba sobre mi hombro derecho. Así que ahora que se hacía la tarde y que íbamos en sentido contrario, debería ir girando en sentido inverso. Caminamos entonces a la derecha. La luz debería terminar atrás nuestro cuando lleguemos. El sol fue rotando. La luz primero sobre nuestras cabezas, después caminó desde nuestros hombros izquierdos hacia atrás. Por último desapareció, se hundió en la parte más espesa de la niebla. Seguimos caminando. No encontrábamos la salida. La oscuridad nos asustó, ahora la niebla era un manto negro que caía sobre la escuadrilla. Nos perdimos en el hechizo. Juro que escuche llorar. No sé cuánto tiempo estuvimos inmóviles en esa nada. Me acordé de las historias acerca de nuestro instinto para atravesar el hechizo. Temblé. De frío y miedo.


La luz empezó a aparecer por fin. Nos reincorporamos. Supuse que había pasado un día. La niebla se disipaba otra vez. Vimos un árbol, exactamente un álamo que extendía sus raíces hacia adelante, donde otro árbol más las recibía. Seguimos las raíces. Vimos un arbusto y otro más. En unos minutos de caminata estábamos rodeados de bosque visible. Pudimos ver con claridad la tierra sobre la que caminábamos. A través del camino reconocí huellas. Son nuestras, me dije. Ahí estaban, en filas de ocho personas, dieciséis pisadas. Anuncié lo que era ya una novedad, grité que estábamos cerca. Caminamos un poco más. Volví a mirar las huellas, un gusto acido en la boca me dio la señal de que el miedo me invadía. Otras huellas, paralelas a las nuestras, disimuladas y suaves, aparecían en el suelo barroso. No dije nada, aunque todos ya se habían dado cuenta. Seguimos avanzando. Las huellas se multiplicaban por todo el terreno, ya no eran pares de ocho. La niebla se disipó totalmente, llegamos al Límite del bosque.
Corriendo nos acercamos al pueblo. Perdimos el orden. Los heridos y los que llevaban al muerto, quedaron rezagados. El panorama era desértico. Al igual que en la aldea de los Esclarecidos, el humo se esparcía e intoxicaba el aire. Pero no era humo de fogón. Las casas quemadas terminaban de caerse frente a nosotros. Todo estaba destruido. Las huellas, pensé, las huellas. Me separé del grupo que me seguía. Corrí más. Me acerqué a lo que fue la casa de La Vieja. Todavía conservaba su estructura. Entré. Corrí la lona que colgaba en la puerta. Había un olor terrible y no había nada de luz. Tantee donde imaginaba que estaban las velas. Encontré un candelabro. Volví a salir de la habitación y prendí la vela con un pedazo de mampostería que todavía ardía, entonces volví a entrar a la casa. La luz del candelabro se expandió en el cuarto. Sentí otra vez el acido en mi boca. Pude ver, apiladas, decenas de cabezas. Reconocí a El Hombre y a los mayores. Encima de todas, coronando la montaña, la cabeza perteneciente a La Vieja. Sus ojos vacios y sin vida me acusaban desde arriba.

lunes, 9 de abril de 2012

UNA BOFETADA AL GUSTO DEL PÚBLICO

A quienes lean-nuestra Nueva Primera Inesperada.

Solamente nosotros somos la imagen de nuestro Tiempo. El corno

del tiempo resuena en nuestro arte verbal.

El pasado es estrecho. La Academia y Pushkin –menos compren-

sibles que jeroglíficos.

Puskin, Dostoievski, Tolstoi, etcétera, etcétera, deben ser tira-

dos por la borda del vapor del Tiempo Presente.

Quien no olvida su primer amor no vivirá el último.

¿Quién será tan crédulo para entregarle su ultimo amor a la

perfumada lujuria de Balmont.? ¿Acaso encontrará allí un reflejo

del valeroso animo del día de hoy?

¿Quién será tan cobarde que no se atreverá a arrancar la coraza de papel del negro frac del guerrero Briùsov? ¿Encontrá allí acaso la aurora de una belleza desconocida?

Lavaos la mano que han tocado la porquería de los libros escritos por intocables Leónidas Andreyevs.

Todos esos Máximos Gorkis, Kuprins, Blocks, Sologubs, Remizov,

Averchenckos, Chornys, Kuzmins, Bunins, etcétera, etcétera ---sólo

necesitan quintas a la orilla de un río. Así recompensas el destino a los sastres.

¡ De la altura de los rascacielos miramos su pequeñez !...

Exigimos que se respeten los siguientes derechos de los poetas:

1. Ampliar el volumen de su vocabulario con palabras arbitrarias y derivadas.

2. Rechazar el odio invencible al idioma que existía antes de ellos.

3. Arrancar con horror de sus orgullosas frentes la corona de gloría de a centavo tejida de varas de abedul propias de los baños.

4. Tenerse de pie en la roca de la palabra "nosotros" en medio del mar de silbidos y ultrajes.

Y si bien por ahora persisten en nuestro verso las sucias huellas de su sentido "común" y "buen gusto", ya también, por primera vez, brilla en ellos el Relámpago de la Nueva Belleza Futura de la Palabra Autosuficiente.



D. Burliuk, Alexander Kruchenyj

Moscú, diciembre de 1912. V. Maiakovsky, Víctor Jlébnikov

sábado, 7 de abril de 2012

El canto, niño revuelto (milonga)

Tiembla la hoja que al viento
cuelga apenas del ramaje
y altera al caer el paisaje
lo vemos todos, no miento.
Cualquier mínimo evento
cambia presente y futuro
lo mismo el peón, de laburo,
rota si intuye la suerte,
llamando con grito fuerte
del otro lado del muro.

No es estático este río
que hartados nombramos vida;
ida y vuelta, vuelta e ida,
juego de dados, sombrío;
cambia con solo un crío
distinto de los que había
todo está abierto, no hay vía
ni riel que nos fundamente,
va paso a paso la muerte
arrinconando los días.

El canto en esto navega
se nutre, niño revuelto,
escucha el llamado lento
la voz de un sueño que llega.
La mano al tiempo doblega
se rehace toda la historia
milonga, como una noria,
que encuentra vida y paisaje;
no es tradición, es coraje,
de reescribir la memoria.