domingo, 2 de octubre de 2011

Batalla (parte I)

            Una batalla es una batalla. Un momento único e irrepetible como todo acontecer pero que forma parte de un cúmulo mayor por el cual adquiere un sentido trascendente y sin el cual no es nada, es una madeja confusa de acciones que buscan desequilibrar la balanza de la victoria para uno u otro lado. Ah, claro, me había olvidado de decir que una batalla consta al menos de dos bandos que se encuentran y dirimen diferencias en algún lugar. Ambos bandos dicen representar al bien. Ambos se adelantan en el campo de batalla estimulados por un objetivo mayor. Por conseguir la victoria en esta ocasión, primero,  y en el marco aún más grande, por conseguir la victoria en la guerra que es la suma de las batallas ganadas.  Los bandos también son cúmulos pero de individuos, son el equivalente a las batallas dentro de las guerras. Multiplicidades que se unen en una unidad mayor. La victoria es el objetivo. El precio puede ser la vida. O  el olvido mismo. Embarrado y caído entre los demás cuerpos. No hay escena y preludio más evidente para el olvido: un soldado, un individuo caído y embarrado. Solo falta el viento y la escena es total. Las redes de la nada se llevan cuerpo, rango, memoria y nombre.  La victoria. Y la derrota. Nada hay más mierda que perder una batalla, si bien la guerra es la valoración final, la batalla se vive. Es el cuerpo a cuerpo. Sentir la sangre del otro que, abstraído por su pertenencia al bando enemigo, no es otro como yo sino otro como otros distintos de todos nuestros compañeros, a quienes sí reconocemos como otros.
                
              El caso es que perdimos una batalla importante. Y por escándalo. Las balas penetraron los cuerpos que integran nuestro bando y cayeron  la sangre y los riñones. Fue una ensalada el piso; una ensalada exquisita si los que merodeaban la zona hubiesen sido vampiros o buitres. Algunos quedaron amputados, y sobreviven con el recuerdo constante de la derrota en su pie faltante, en su medio brazo y en su parche sobre el rostro tapando el hoyo que dejó el ojo ausente. Otros sobrevivimos bastante enteros. El problema  es que ninguno de los tres grupos podríamos explicarnos semejante derrota: los muertos, por definición, y amputados y sanos por incredulidad. En efecto, llegamos al campo de batalla con la victoria en el bolsillo, confiados en nuestro potencial. Nos fuimos repletos de vergüenza, lo que es menor, comparado con el dolor de un brazo menos.

              Por suerte teníamos acordado un punto de reunión, en caso de catástrofe, que creímos innecesario  al empezar la batalla dada la confianza imperante. Allí nos encontramos amputados y sanos. Con los ojos explotados (los que aún los conservaban) por la sorpresa. Por la maldita sorpresa. Error de cálculos. Mala puntería. Mala estrategia. Mal desempeño.  Las razones se multiplican en el hecho consumado. Ya está. Huimos. Mirando el campo de frente, o sea, corriendo de espaldas. En un segundo punto detuvimos la marcha, ya lejos de los cañones y del ruido de las metrallas. Atardecía. Cielo rojo que se unía con el rojo lejano de la tierra abonada con los despojos de nuestros cuerpos y  compañeros enteros tirados ahí mismo. Ya soplaría el viento del olvido en el lugar.

          Algunos conservaban sus palas. Cavamos trincheras en silencio, nadie hablaba, como el griego demente Crátilo, nos limitábamos a señalar. Habíamos vuelto a los comienzos de los tiempos. Ya no éramos un bando, una escuadrilla ni un pelotón, solo pedazos de hombres que apenas se sostenían en un mundo que parecía rechazarlos, que parecía exigirles con susurros de grillos que se retiren de él, que este mundo está hecho para el que gana y el otro debe acatar esa ley universal. El problema es ¿adónde ir? si nunca salimos de este universo, nunca nos vamos. El castigo es vivir escapando, retirarse del mundo es no afincarse en ningún lado, ser de aquí y de allá, ser una fuga constante.

             Pasamos la noche y un día. Nadie hablaba. Otra noche y otro día, éramos solo gestos y señales. Una noche más. La nada. El día. Un chasquido de dedos. La noche. El ruido de la piedra arrojada, alguna mirada cómplice, un gesto de negación acompañado con un repliegue de las cejas, clara muestra de complejidad ascendente. El día. Ya hay ganas de enojarse, el gesto de negación entre dos se convierte en un ademán más grotesco. La noche. Un amague de golpe de puño. El día. La pelea,  el contacto entre todos los cuerpos para separar a los contendientes, las ganas de separar. El día. La idea de la paz extraída de las ganas de separar la pelea. La idea de la violencia extraída de las ganas de pelearse. La noche. Una primera sonrisa. Atisbos de buen humor. El día. La risa contagiada, atisbos de felicidad. La noche. El dormir tranquilos. Y otro día. La idea de felicidad. Y otra noche. Quedarse despiertos, apasionados. Empezar a hablar.
No había pasado un mes, cuando asomamos las cabezas desde las trincheras, olimos, sin querer, el pasto mojado por el rocío, obligados por el universo. El mismo que nos echó como perros, ahora nos recibía de fiesta con el milagro del día derramado sobre el césped. Rocío y sonido de aves cotidianas, confirmación de que el mundo te está recibiendo otra vez, de que cumpliste el castigo por la derrota. Perímetro. Nada parecía acechar la zona. Clavamos rodillas en el suelo, tomamos impulso y saltamos. Los sanos ayudamos a los amputados, los cuerpos completos a los despojos.  Formamos desprolijamente: una línea de sanos, una de amputados y una retaguardia de sanos vigilando detrás. Un exótico grupo de autómatas semejantes a un tendedero donde cuelgan los trapos lavados de la cocina, las camisas de algún general bastante deshilachadas y la ropa de la mascota que se lava de vez en cuando. Visto de arriba parecíamos un puchero, una mezcolanza putrefacta y caminante (lo que lo hace el doble de asquerosa). Pero nosotros nos íbamos considerando cada vez más hombres, a medida que pasaban los kilómetros caminados, la sensación de ir recuperando la forma humana era general. El universo nos confirmaba la sospecha con los cantos de las aves y la bendición, otra vez, del rocío (¿Qué otra función cumple en la mañana si no es bendecir el camino del que intercale sus pasos por aquella superficie?). Caminábamos. Teníamos otra vez, un plan. Habrán pasado diez, o quince kilómetros cuando nos convertimos de nuevo en un bando. Alegría. Alegría.