miércoles, 30 de noviembre de 2011

Heliogábalo Siciliano

Un mafioso es un anarquista. Desafía el poder establecido aún acercándose a los detentadores de poder, destruye, portando un arma, las leyes,  esa materialización de la racionalidad occidental. Un anarquista lector de Bakunin nada tiene que hacer ante un Capone. El segundo es el verdadero anarquista que, como Heliogábalo, solo se afirma así mismo, crea sus leyes y obliga a los demás a cumplirlas. ¿Las leyes son convenciones? el anarcomafioso dice que son las suyas, ¿el principio de convivencia reza respetar a los demás y sus voluntades? el anarco impone sus leyes y obliga a los demás.

El agricultor respetuoso lleno de amor y fraternidad nada puede frente al amor por la Colt del mafioso.

Esa es la anarquía. Quien quiera ir por allí he ahí el sendero de la afirmación de la voluntad aunque no sean sujetos individuales sino clánicos, familiares, colectivos. Al resto nos queda la incertidumbre del acuerdo entre nosotros, y el rezo.

Cañuelas

                  Clavada en el abyecto lugar que rodean el tercer cordòn del Conurbano y el comienzo de la vieja pampa brava, el campo llanuroso, el paisaje vacuno. Ahì aparecen las casas bastante bajas y la auto multiplicada red de locales de ropa y remiserìas. La gente acà se viste màs y tampoco le alcanzan los autos, a juzgar por la cantidad de negocios. Se visten seis veces por dìa, como mínimo: para ir a la oficina y  llevar de pasada los hijos a la escuela bendita del centro, frente a la plaza, escuela cuya matricula otorgaba status en algùn tiempo (añorado). Para atender al sodero y que sepa, sin decirselo con palabras, que hay distinciòn entre él y la dueña de casa: vaya ahì una linda camisa que la mujer del empleado no va a tener nunca. Para salir ,otra vez a realizar los tràmites bancarios y que el cajero reconozca a los de toda la vida, ¿como va a hacer la cola? ¡si hizo tanto por acciòn catòlica!. Y se vuelven a desvestir y vestir para ir a buscar a los chicos, se agrega algùn anteojo de sol y ahì no se toma remìs, se va en auto propio semi estacionado, con la baliza puesta frente a la escuela. Que sepan que la fabrica de harina nos diò un Audi, a costa de entregar el alma eso si, pero que sepan del auto. Que sepan. Y llegan de la office, hay que dejar el Kevignston, ponerse el short y las nauticas y ellas, y ellas...y ellas...hay, ellas. Ellas se mueren por que las vean colgadas de la chomba de su hombre, con el Audi atado al cuello y los chicos tan chicos, divinos...hoy a catecismo, mañana inglès y el domingo iglesia nuevamente. Ella està chocha. Chocha. ¡Tan contenta estàn ella y sus amigas! sin embargo, algo las tiene preocupadas, de tal forma que cuando se juntan entre todas, conversan del aluviòn africano que està invadiendo al pueblo: que ya no nos conocemos entre nosotros, que ya no se puede caminar como antes, ahhhhh...el suspiro romano de la indignaciòn...que estamos pensando irnos a Lobos definitivamente, que yo ya me empecè a ir los finesdesemana, y encima parece que vendrìa el tren electrico!!...esto, asì, ya no va màs!!. Y no lo saben pero lo saben, la indignación es heredada: de la madre, de papá, de la tía y sus amigas...
   
                 Se van todas a casa, en mil remises distintos, hay que cambiarse de ropa una vez màs, antes de dormir, y soñar con el dpto en Barrio Norte y los chicos tomando la combi a capital; el domingo a las diez de la noche.

El Globo Rojo.

                                        
 (…) de modo semejante, nosotros no gobernamos a lo que está en ese ámbito por el gobierno entre nosotros, ni sabemos nada de lo divino por nuestra ciencia, y quienes están en ese ámbito, a su vez, por la misma razón, ni son nuestros señores ni saben nada de los asuntos humanos, por ser dioses.
                                 Platon, Parmenides 135 e.



Dejó elevar el globo inflado con gas que sostenía con su manita derecha y que la atmosfera, con sus implacables reglas, intentaba arrebatarle. Una ráfaga de viento complotada con esta terminó de sustraerle la roja esfera de caucho. El niño elevó la mirada siguiendo, impotente, la trayectoria de su juguete. Lloró. A gritos en un principio, en silencio después, cuando el globo se alejaba y la impotencia mutaba en un convencimiento por  la imposibilidad de recuperarlo; una toma de conciencia de lo finitos que son los brazos y la distancia en altura que un ser humano es capaz de saltar. No se rindió ante este evidente final y fue en busca de ayuda. Se acercó al Decidor, el druida de la aldea que conocía todo lo que hay que conocer. Llamó a su puerta y un hombre alto, casi desnudo salió a su encuentro. Preguntó el niño y el druida contestó, es costumbre ayudar a los niños en la aldea. Supo que ya el globo no era suyo, que pertenecía ahora a los dioses y a ellos divertiría en las tardes que en los cielos divinos no son una fracción de un día  sino una cosa toda entera que desconoce divisiones y parcelas.  Supo que ahora el globo era distinto, quizá ya no era rojo, no podían confirmarlo; lo que es materia de dioses, es materia de otras lógicas, de La lógica. Lo fundamental era tomar conciencia cabal de que el globo ya no sería encontrado. ¿Y si vuelo a los cielos y lo traigo aquí conmigo? Eso no es posible, niño; no hay alas para nosotros, solo las aves y los que caen tendidos por la espada se embarcan en viajes a los cielos y los segundos adquieren la cualidad de lo invisible, lo que los torna más imposibles y magníficos  aún. ¿Y no es posible armar un globo grande en el que pueda entrar y llegar? No digas tonterías así niño, ve a tu casa, en la tienda regalan más de esos.
                 
 El druida lo despidió y el niño fingió irse convencido, ya tenía un plan; por la mañana construiría un globo en donde pueda caber y elevarse hasta la morada de los dioses a recuperar  SU globo rojo, el único que deseaba tener.
                
  Los pegotes de papel de diario y afiche se fueron multiplicando, y con el correr de la mañana, a eso de las diez y media, hubo una esfera de un metro y medio de alto lista en el patio de la casa. Su madre lo ayudó a entrar  en la nave y cerró la puerta de cartón que el ingenioso niño improvisó momentos antes. Una vez adentro de la capsula, cerró sus ojos y esperó; la esfera de papel de diario, desafiando toda física comenzó a elevarse. La madre del niño, asustada, solo atinó a decir sus oraciones.
               
La esfera y el niño viajaron, pasaron por encima de la casa del druida, por los cercos de la aldea, se adentraron por sobre los bosques, subieron los picos al sur del conglomerado de arboles y finalmente llegaron a los Cielos Divinos. Allí el niño descendió del bólido y pudo ver a un dios jugando con su vieja esfera de caucho; el mismo color, nada había cambiado. Amablemente le solicitó se la devolviera y el dios aceptó. A su regreso, pasó nuevamente  los picos, los bosques y descendió  por fin en el patio de su casa. Su madre, serena, cocinaba ya el almuerzo. Entonces con un alfiler, el niño pinchó el globo y, aburrido, lo arrojó al cesto. Pronto lavó sus manos y se sentó a la mesa.


Octubre 2010, Recoleta.