jueves, 5 de enero de 2012

Dia a dia.



Bolso o mochila al hombro. Cinco, seis, siete, ocho de la mañana. Muerto. Vivo. Esperando que aparezca la figura borrosa del bondi. Borrosa, porque no la podés distinguir bien con el sueño que te cruza la cara y te deja sus estigmas: marca de almohada, color rojizo, alguna lagaña retrasada. Ya intuís que vas a viajar incomodo, apretado, empujado, convirtiéndote en un amorfo que se mezcla con el de al lado. En última instancia, sospechas que todo es en vano; que el mundo acaba y que da lo mismo quedarse tirado por ahí que asomarse a la diaria, marcar tarjeta y cumplir el horario, recibir el jornal a fin de mes, gastarlo en alimentos y en nuevos viajes en transporte público. En última instancia sospechas que todo es un montaje descarado y confeccionado tan prolijamente que te chupa las ganas de buscarle el hilito por donde tirar y empezar a desarmarlo. Lo bueno es que cuando empezás a desanimarte dando vueltas con eso, transpirado, llegás a la parada. Y recordás, a veces no conscientemente, son tus piernas y tus brazos quien recuerdan, que son las razones e instancias intermedias entre el malestar y la resignación, las que  justifican los viajes, el horario y el día a día. ¿El contenido de dichas razones? todas esas cosas que te quedás planificando a la noche, en cuero y calzoncillos, en remera y tanga, etc. enfrentado al ventilador y que te impulsan sin que a veces puedas siquiera darle forma con palabras. Algo te dice que todas esas instancias intermedias pueden alterar la resignación final. La balanza vital contrapesa los sentidos: una de cal y una de arena, una de buenos y una de malos, una de monstruos y una de heroes. Cuando amanezca, vas a protestar, si, mientras te colgás la mochila y salís en busca de tus propios nocauts. Una y otra vez, una y otra, vez, una y otra y otra vez.




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